La mayoría de las veces pienso que sólo aprendo sentada mirando al pizarrón, pero a andar en bicicleta aprendí a los golpes. A cocinar aprendí probando. A amar aprendí llorando y muchas más veces lo hice besando. He aprendido parada en el colectivo. Aprendí corriendo y hasta nadando. Aprendí a los gritos y en silencio. Aprendí sola mirando al techo y con amigos pasándome el mate. Aprendí con maestras viejas gritonas, Aprendí con bebés recién nacidos. Incluso aprendí cuando no quería aprender. Aprendí de sopetón, desde la intuición y desde la razón. Aprendí analíticamente Y también sistemáticamente. Aprendí de oído y al tacto. He aprendido de tantas maneras, que no sé si seré muy buena alumna O la vida, muy buena maestra
Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.
lunes, 4 de junio de 2012
Aprender
lunes, 28 de mayo de 2012
Cederlo o no
Ni bien terminé el secundario empecé a trabajar como
secretaria en un consultorio de nutrición. Mis tareas eran simples: abrir las
persianas, encender la radio, buscar las fichas de los pacientes, completar los
formularios de las obras sociales y atender el teléfono para dar turnos. Por lo
que tenía bastante tiempo para estudiar mientras los pacientes entraban,
esperaban y salían.
Casi ni me vinculaba con la gente. Yo leía mis apuntes de
semiótica con tanta concentración que ellos podrían estar comiéndose entre sí
que ni lo percataría.
Una tarde me olvidé
los apuntes, ese muro que me defendía de las charlas de la sala de espera se
había disuelto y ahí estaba yo, expuesta y vulnerable al aburrimiento de la señora
que necesita comunicarse. Por lo general, este tipo de persona empieza a
hablarse sola, hace comentarios quejosos como: “Cuanto tarda la doctora” y
suspiran. Ante mi nula reacción, el próximo comentario ya me lo hacen de modo
directo, “¿siempre tarda tanto en atender?”. Y como no me queda otra, les
respondo: “No, ya está por terminar” y busco cosas en los cajones como
haciéndome la ocupada. Pero esa tarde,
la última paciente del día me preguntó “Además de trabajar, ¿estudiás?”. Y ahí
me aflojé, caí en divismo de hablar sobre mí y largué la lengua. Fuimos entrando en una confianza profunda que
culminó cuando le pregunté: “y vos, ¿de cuánto meses estás?”. ERROR.
“¡No estoy embarazada! Estoy gorda. G, O, R, D, A. Por eso vengo
acá.” Me respondió de la peor manera posible, enojada y a los gritos. Pensé que
iba a pararse y morderme. ¡Señora, la gente gorda no debería usar jardinerito
de jean!, pensé. No fue mi culpa, usted me envió todas las señales equivocadas.
Hasta se acarició la barriga mientras me
hablaba. No sabía dónde meterme. Compungida, avergonzada, acalorada, ¡quería
volver el tiempo atrás! Lo único que se me ocurrió decir para compensar esta
situación fue “Ay, mil disculpas, es que mi tía y dos amigas están embarazadas y pienso que todas lo están. Perdón”. Ni bien
terminé la frase me metí en la cocina hasta que escuché que la nombraron para
entrar. Decí que no me echaron porque la nutricionista era mi mamá.
Cuestión que este hecho me ha marcado de por vida. Como dice
el dicho: “el que se quema con leche, ve una vaca y llora”. Cada vez que voy en
subte o colectivo y veo a una señora gorda que parece embarazada, me vuelve la
taquicardia de aquella vez y aunque quede como una mal- educada y
desconsiderada por no cederle el asiento, jamás volveré a correr el riesgo de herir los
sentimientos de una mujer con pancita. Por eso les imploro, que si ustedes llegaran
a estar embarazadas, pidan el asiento y nos ahorramos todos, un disgusto enorme.
martes, 22 de mayo de 2012
¿Cómo besás?

Cuando me besaba no usaba la lengua. Nunca. Abría la boca
como para bostezar y se prendía a la
mía. Y ahí se quedaba sin hacer nada, ni sopapeba. Yo hurgaba con mi lengua
curiosa su cavidad buscando la suya, con absoluto fracaso. ¿Se la habrían comido los ratones? ¿Se
la habría tragado? ¡O peor! ¿Se la habría cortado alguna Marta despechada? Ese
hombre, era el hombre sin lengua.
¡Estaba desesperada! Roberto me gustaba, pero besarlo no
tenía gracia, ni pasión. Era besar la nada, la boca estática de un muñeco de
plástico con cara de sorpresa.
¿Cuán importante son los besos en una pareja? ¿Cuánto podría sostener este vínculo? Y me hice la pregunta más poderosa de todas: si besa sin lengua, ¿cogerá sin pito?
¿Cuán importante son los besos en una pareja? ¿Cuánto podría sostener este vínculo? Y me hice la pregunta más poderosa de todas: si besa sin lengua, ¿cogerá sin pito?
Una noche de esas, en la que hacíamos que nos besábamos, él parecía que me estaba dando
respiración boca a boca, suspendí el acto y le dije: “Roberto, besás sin lengua”.
“Sí”, me contestó, “No soy muy lenguaraz”. ¡LENGUARAZ! El tipo me responde con la palabra
lenguaraz. ¡Roberto! Muy lenguaraz no es la respuesta. ¿Sabés lo que tenés que decirme? “Cuando fui
como voluntario a Afganistán, me secuestraron mientras salvaba a unas niñas de
la amputación y me cortaron la lengua. Me encantaría poder besarte como Arnaldo
André y lamerte cada rincón del cuerpo, hasta bañarte en mi saliva”. Eso es
transarme el cerebro, ¿entendés?
Cuando el cuerpo no satisface al cuerpo del otro, hay algo
que se llama imaginación, que complementa, suplementa y aumenta el placer
mental, haciendo que no importe que no tengas lengua, que la tengas chica o que
lo fuera. Yo no tendré grandes pechos, pero con la elongación rusa que me
enseñaron unas gimnastas olímpicas en Moscú y los sorprendentes y orgásmicos movimientos
tántricos que aprendí en el pequeño pueblo donde escribieron el Kama Sutra en
India, creo que no va a importarte, ¿no es cierto, Roberto?
viernes, 18 de mayo de 2012
Formas de evitar embarazarte en el trabajo
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| Cubrir el asiento con tres porciones de papel higiénico. |
¿Cuántas veces escuchaste decir a una embarazada "No sé cómo pasó. Si nos cuidamos."? Bueno, yo te cuento. Muy pocas personas lo saben, pero a la noche, en todas las oficinas, vienen unos duendecitos con pinceles mágicos y pintan los asientos de los inodoros con semen ultra fértil de efectividad prolongada. Entonces a la mañana siguiente, cuando una llega dormida sin todas las alertas encendidas, en lugar de hacer pis en cuclillas, se sienta y zácate, queda fecundada. Obviamente, hay que estar en los días más fértiles, sino es muy poco probable que esto ocurra.
Mujeres, ahora lo saben. Si no quieren quedar embarazadas por los duendecitos de las oficinas, pongan tres porciones de papel higiénico cubriendo el asiento y listo. Así evitarán quedar embarazadas en el trabajo.
jueves, 17 de mayo de 2012
La mano de la mujer
martes, 15 de mayo de 2012
Hambre (Fascículo 3)
"¡Si no me decís que me amás, meto la cabeza en el horno! ¿Me escuchás? Mirá que prendí el gas. ¡Si no me lo decís hago que explotemos los dos!". Mili estaba desesperada, su marido, desde hace dos meses, la iba a dejar. Se habían casado porque Banfield le había ganado a River 4 a 1 y Mauro estaba tan contento que le propuso matrimonio sin siquiera sacarse la gorrita del taladro. Con la voz afónica de gritar lo goles y de cantar "vamo Boooon, vamo Boooon", sacó medio cuerpo por la ventana del auto y le gritó: "¡Mili, casate conmigo!" y ella accedió antes de que el referee pitara posición adelantada.Ya habían pasado un campeonato y dos meses cuando Mauro no aguantó más las quejas de Mili, sus aires de diva, de mantenida y sobre todo que no cocinara. Porque Mili no cocinaba nada. No sabía, ni le interesaba. Tenía una colección de imanes de delivery tan grande como su colección de carteras de Prüne. "Podrías vender un par de esas carteras de cheta que tenés y pagarte un curso de cocina, así por lo menos me cocinás un huevo duro, ¡inútil! No podés diferenciar un limón de un pomelo", le gritaba él. "Claro, el señor se queja que no sé diferenciar dos verduras de mierda, pero no se queja cuando me confundo su salchicha de copetín y le digo salchichón primavera. Decime la verdad, ¿me dejás porque no sé cocinar o hay otra?", mientras le hablaba buscaba la cajita de fósforos para asustarlo de verdad. "No hay otra mina. Estoy muerto de hambre, todo el tiempo. Solo quiero salir de casa para pasar por un kiosco, por un almacén, solo pienso en comer. ¿No me ves flaco?", le contestó mostrándole lo grande que le quedaba el pantalón. "¡Me voy! No me asustan tus amenazas, sería un milagro que supieras prender el horno", y se fue de la casa.
Caminó tres cuadras y pasó por una panadería de esas modernas, las que tienen toda la cocina vidriada a la vista de todos. Entró con la urgencia de dos coche bomba apunto de explotar si no comía algo. Como no había nadie en el mostrador, se mandó para la cocina sin dudar. Agarró lo que veía: unas medialunas, una cremona rellena, tres tortas fritas, y todo se lo mandaba a la boca sin masticar y de repente la vió. Era la panadera, una chica muy simpática, rellenita, con dos tetas grandes como bolas de fraile sobre estimuladas con levadura. Tenía una red en la cabeza que le sostenía su largo pelo colorado. Tenía las manos blancas de la harina, el delantal manchado con huevo, chocolate, salsa de frambuesa. Él la miró con tantas ganas, que no le importó la vidriera, se sacó la remera, se soltó el cinturón, los pantalones cayeron sin esfuerzos y con el churro erecto se le acercó a la panadera. Su hambre se había vuelto deseo sexual. Un apetito lujurioso que jamás había sentido por nadie. Silvita lo vio venir y se le hizo agua la boca. Cuando se le acercó, le desató el delantal, la enmantecó con besos y caricias y le saboreó el azúcar de su piel. Sabía que de ahí no se iría hasta quedar pipón pero Silvita se encargó de que los dos quedaran empachados. Salsa blanca.
jueves, 10 de mayo de 2012
Todo de a dos (Fascículo 2)
Tres botellas de tinto vacías sobre el desayunador. Vinazos de cuarenta pesos para arriba. Parece que alguien tiene mucha plata o al menos quiere impresionar a otro alguien. La puerta de la heladera estaba mal cerrada, el cajón de las verduras estaba salido y hacia tope.Juan compraba verduras de a dos dos unidades y del mismo modo las consumía. Era un toc que argumentaba con: "la verdura si está de a una se pudre más rápido". Tenía dos tomates, dos hinojos, dos morrones, dos manzanas, dos naranjas y una zanahoria.
Desde la heladera hasta el otro lado del desayunador, donde estaba el comedor, había un senderito de prendas cual miguitas de Hansel y Gretel. Una media, una remera, una camisa, un corpiño, otra media, una pollera, una bombacha, un desfile de ropa sin cuerpos arrojados en el piso jugando a las estatuas.
Se ve un pie. Debajo del desayunador había un pie y una pierna. Una pierna con su pie que subía hasta la cadera de una mujer. La otra pierna estaba abierta, cruzando la orilla. Entre pierna y pierna una cabeza.
El piso de pinotea era original del siglo dieciocho, pero a ¡quién le importa! ¡Hay un hombre con la cabeza entre las piernas de una mujer! La mujer era delgada y muy larga, sus piernas eran casi infinitas. Juan estaba zambullido en ese cuerpo como buscando más vino. Eloisa estaba estirada sobre la pinotea del siglo dieciocho viajando con su mente de orgasmo en orgasmo, escalando grititos, maullidos que terminaban en desmayos. Recuperaba la conciencia y sus ojos orbitaban placeres hasta que volvían a cerrarse. Con sus manos se acariciaba su propia cabellera, a veces la intercalaba y acariciaba los rulos Juan, presionando su cara contra ella, quizás así él pudiera llegar más profundo.
Juan no tenía un cuerpo tan perfecto como ella, hacía años que no pisaba un gimnasio y ser arquero del papi no cuenta como hacer deporte, pero era encantador y tenía unas manos tan grandes como sus pies y, obviamente, su poronga. Calzaba cincuenta... de todo.
No habían cenado, solo tomaron vinos. Sin embargo en el piso había un pelador. Juan se agarraba fuerte a los muslos de Eloisa para encajarla en su boca, y entre sus dedos había unas tiras muy finas de cáscara de zanahoria. Cada vez que ella se movía aparecían por debajo de su cuerpo más y más cáscaras. La mandíbula de Juan masticaba con furia el sexo ajeno. Crujía.
Eloisa empezó a vibrar, más y más. Juan estiró sus brazos para agarrarle el corazón que intentaba escapar. Con sus dos manos se aseguró de manosearle bien el alma y sus respiración. Mientras tanto masticaba cada vez más rápido, engullendo un amor de la forma más bucólica. Eloisa convulsionaba en éxtasis y Juan con la boca llena de zanahoria, dio ese mordisco final. Salsa Blanca.
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