Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

martes, 12 de agosto de 2008

CATA DE SILLONES

Como suele pasar en la cata de sillones, convidaron cerveza y papitas de copetín. Los dos invitados se arrojaron al confort de los almohadones para la primera prueba. Mientras se acomodaban en ese sillón de dos cuerpos y después de un par de movimientos extraños sus piernas terminaron enredadas. Intentaron separarse con los brazos pero fracasaron en un abrazo y no sé por qué sus lenguas también se mezclaron. El sillón respondió a su favor y se explayó en forma de cama.
Los catadores tuvieron que ayudarse entre si para sacarse la ropa. La cata lo exigía, ya entraban en la etapa de prueba horizontal y siguieron embrollándose sin intención, de pura torpeza.
Mientras intentaban liberarse de la piel del otro más se engarzaban. Hubo un instante en que no hubo espacio entre ellos. Pero nada de esto hubiera sido un problema, de hecho el roce constante les era más que agradable, si no fuera por la estática que generó la fricción de sus pieles y las consecuencias drásticas que ésta conllevaría en sus peinados.
Imantados al sillón y entre ellos, se entretenían enroscando y desenroscando sus bocas mientras en sus cabezas la catástrofe ya era un hecho: sus rulos se habían anudado entre sí. Era una gran maraña. ¿Cuáles eran sus rulos y cuáles los de ella? Nadie podía darse cuenta. Era una masa amorfa e indistinguible, un nubarrón de pelos. Ahora sí estaban en un enredo. Se esforzaron por zafarse uno del otro y recuperaron sus libertades físicas, pero seguían unidos por la mata de rulos. Entonces se acostaron cabeza a cabeza, los pies de ella hacia el norte y los de él al sur, y empezaron a girar sobre su eje, como canelones pero en su lugar. Dramáticamente sus pelos se fusionaban cada vez más.
Sincronizando los movimientos se pudieron levantar y vestir. Podrían haber optado por usar una cuchilla o una tijera y cortarlo todo, pero las consecuencias eran muy difíciles de calcular. Tenía que hacerlo un profesional. Miguel Coiffeur no abría hasta dentro de unas horas. Esperaron abrazados y a las 8.40 se tomaron un taxi. A ella le tentaba tenerlo tan cerca, pero temía que si lo besaba quedarían atrapados nuevamente. Él jugó con las probabilidades y la besó. El viento de la ventanilla del chofer fue deshaciendo el hechizo y sus rulos se fueron soltando.
Para cuando el beso terminó, todo se había desenredado.
El taxista frenó en el semáforo y les cobró 22 pesos (lo mismo que cuestan tres películas piratas). Ella fue para su oficina y él a comprar el sillón.

1 comentarios:

Nicolás Nunca dijo...

Qué lindo tener rulos así.


Hermoso relato.


Cagamos por tener el pelo más lacio que lazie.


Un abrazo