Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

lunes, 23 de marzo de 2009

¿Cada cuánto está bien cambiar las sábanas?

Tuve un vecino, pero cómo desearía escribir “Tengo”. Bueno, este vecino no había existido para mí, hasta el día en que fui a devolverle el depósito de alquiler. Mi padre, dueño y señor de aquel departamento, me encargó entrar en contacto con Michael Woods, an english man who was renting the appartment, en el mismo edificio en donde vivo yo. En un breve intercambio de mails y de teléfonos, acordamos fecha y un horario tentativo. Llegado el momento, me pongo las ojotas, agarro la plata y el tomo el ascensor. Golpeo el 3°M y digo: “Mr. Michael, it´s me, Jennifer”. Mr. Michael abre la puerta. (Acá debería terminar mi relato sólo para que sientan el paro cerebro vascular que viví al ver a Mr Michael. Pero sigo.)
Jelou, me dijo. Y yo vi dos metros de negro, hermoso, rapado, enorme, musculoso pero estilizado, un adonis, una escultura griega tallado a mano sobre mármol negro.
Jelou, le respondí, jau ar iu? Me invitó a pasar. Apenas accedí. Tres pasos y ochenta y cuatro respiraciones.
Estiré el brazo para darle la plata, porque era lo único que tenía en la mano, mas no lo único que tenía para darle. Me habló de zarazas y de que no quería volverse a Inglaterra por el “bloody weather”. “Uat a piti!”, le dije un par de veces, mientras lo miraba con devoción. “Qué tengas un buen viaje, bai bai.” Cerró la puerta. Abrió todas mis ganas.

AAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH! ¿Qué onda loco? ¿De dónde salió? ¡Se va mañana! ¡Es un negro espléndido! ¡Soy un naba con un solerito verde sin corpiño y ojotas! Vuelvo a mi departamento, cinco pisos arriba de él, con una taquicardia del carajo. ¿Lo invito a salir? ¿Quedo muy puta? Jai Michael, ¿wanna faq? No, no soy así, tengo pecas y rulitos.
Mejor me ducho, pienso con más claridad.
Más relajada, se me ocurre chequear el celu. Tengo un mensaje: "Hi Jenny, ¿querés que vaya a tu departamento o venís al mío? Michael”.
¿Qué?????? ¿Tan obvia fui? El tipo me está invitando sin preámbulos ni café. ¿Qué hago? Ni me cambio, ¿bajo envuelta en la toalla? Bah, en realidad me ofende un poco que sea tan directo, que de por supuesto que quiero algo con él. Pero también me facilita el trámite. Él tiene tantas ganas como yo.
Leí el mensaje dos o tres veces más, era de no creer. La cuarta vez que lo leo, miro un detalle: el horario.
¡Podés creer que el mensaje me lo había mandado 4 horas antes! ¡No quería estar conmigo, quería su plata! Y yo, envuelta en mi toalla, sintiéndome esa planta de perejil que me miraba desde la ventana.
Igual, la decisión ya estaba tomada. Me vestí muy casual, pero cool. Bajé, toqué timbre y lo invité a salir. Él me dijo: “Hoy es mi última noche y voy a salir con mi primo a las cañitas. Muchas gracias por la invitación”. Cerró la puerta. Cerró mi ilusión.
¿El título? Mi viejo me contó que Michael cambió las sábanas todos los días, y yo pensaba: “claro, si se la pasó garchando. Yo también le hubiera pedido que cambié las sábanas.”

jueves, 19 de marzo de 2009

Mis dendritas calentonas

La lectura erótica me deja más susceptible, digamos disponible, o predispuesta que una foto de una buena tararira, un video de orongas multipresenciales o una avalancha de piropos. Hoy me encontré con un blog que me dejó las cejas de punta, las pupilas dilatas, las uñas latiendo, el páncreas espástico y la boca arenosa. A lo que me puse a reflexionar, que debo tener una neurona que si me la frotás bien frotada con un textito de esos, en un Word o una servilleta, te ahorrás la nafta, la entrada, el plato principal, el susurro, el bombón, las flores, la puerta abierta y el recorrido dactilar errante.
Entonces: papel, lápiz y final feliz.

lunes, 2 de marzo de 2009

Busco clavo que saque a otro.

Si fuera tan fácil como ir a la ferretería.
Señor busco un clavo, uno fuerte, para que no se doble con el primer golpe. Largo, que no se oxide. Esos, de cabeza grande, fácil de embocar con el martillo. Nada más feo que machucarse un dedo.
Señor, ¿me entiende? Busco un clavo que sea divertido de chupar. Un clavo que hunda a todos los otros clavos.
Necesito un clavo desesperadamente, porque la estantería se me está cayendo. ¡Se me está desmoronando todo!
¿Tiene un clavo como el que necesito? Más a o menos así (haciendo un ademán con mi dedo gordo e índice).
¡Eso es! Gracias. ¿Cuánto le debo? Aquí tiene.
(Antes de irme) Señor, ¿no tendrá el tornillo que me falta?