Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

sábado, 30 de mayo de 2009

Un cuento de mierda.

Conozco historias de amor que gracias a la mierda se consolidaron y terminaron en casamiento. No son historias propias, por supuesto. Las mías terminan como la mierda, pero ese es otro tema. Sólo voy a contarles una historia con caca.

Me remonto a mi infancia. No al meconio, ni al pañal ni a mi primera constipación. Tuve otro tipo de infancia. Una en donde mi mamá entraba en cólera porque se hartaba de destapar cañerías. O en casa somos de buen comer o tenemos cañerías finitas. Resulta que una vez escucho a mamá gritar: “¡Bastaaaaaaaaaa! ¿pero estas chicas qué cagan? Vengan las dos para acá.” Y fuimos.

El discurso materno decía así: “Yo no voy a seguir sopapeando más inodoros. Sinceramente no sé si son las napas, o el barrio tiene olor a pedo por culpa de esta familia. Ya las cloacas no soportan más. Así que van a tener que enterrar este sorete, porque no va a pasar nunca por la cañería.”

Si, leyeron bien. Repito: “van a tener que enterrar este sorete”.

Edad: 11y 9 años. Coordinamos la maniobra como adultas. Era un tanto riesgosa, pero siempre fui muy estratega y tenía confianza en el plan.

Yo hacía el pozo en el jardín de casa y mi hermana iba a retirar las heces desde las profundidades con una palita amarilla que compramos en San Bernardo, el verano anterior.

Pero algo falló.

Mi hermana logró capturar la primera pieza, corrió por el pasillo tratando de no gotear mucho, llegó al jardín y depositó el regalo en su fosa. Volvió por la segunda pieza, es que la palita era chiquita. Pero el asco la venció y de una arcada desapareció.
Tuve que tomar coraje y sustraer la materia, pero no va que en la corrida ésta se fragmenta. Se rompió, se partió en varias porcioncitas y tomando vida propia se desparraman como canicas. Imaginate si mamá se enteraba, ¡me las hacía comer! Tenía que apurarme, podía aparecer en cualquier momento. Entonces, tomé el doble de coraje y agarré con las mano las “albondiguitas” (me repetía a mi misma), las amontoné en piloncito en la palita, las arrojé a su fosa y las tapé por la eternidad.

Hoy me complace ver esa Santa Rita tan florecida en mi jardín.

martes, 19 de mayo de 2009

Vivita y comiendo

A veces como desnuda.
Desde que vivo sola, tomé nuevos hábitos, tales como el de comer en ropa interior. En ciertas ocasiones me propongo algún almuerzo en topless, pero a decir verdad, desnuda sin bombacha, todavía no. Cuando cocino uso un delantalcito, para que el aceite hirviendo no me queme los pezones ni el pupo (dos rincones que considero primordiales proteger). Pero cuando me siento a la mesa, me lo saco.

Hace un par de meses, entre bocado y bocado, no va que una miguita se me mete por el otro tubito, (anatómicamente sería la faringe y no por el tubo adecuado, o sea el esófago). Empiezo a toser como descocida. Con el torso desnudo y una bombacha desteñida, tomo conciencia del peligro de asfixia inminente que podría llevarme a la muerte sin que nadie pudiera darse cuenta.

Al rato logré dejar de toser, pero no de pensar. Me puse una remera y un pantalón. Destrabé las llaves de la puerta. Si me iba a morir atorada, debía hacerlo vestida y con algún vecino golpeándome la espalda.
Abadoné eso de comer desnuda. Pero no era justo. ¡Tenía que haber otra opción! Esa otra opción era la Cruz Roja, curso de primeros auxilios. Saber las maniobras para desbloquear las vías respiratorias era lo que necesitaba para volver a disfrutar de mis comidas nudistas. En la 3era clase, anotaba con atención cada paso de cómo desatorar al otro, pero nadie me decía cómo salvarme a mí misma. ¿Por qué suponían que no iba a asfixiarme sola y desnuda en mi departamento con un bonobón?
Levanté la mano y lo exigí. Volví a casa contenta. Preparé el simulacro y me rescaté una y mil veces.
Queridos lectores, he vuelto a comer en terlipes.

viernes, 8 de mayo de 2009

Exijo hablar con el sr Michelin.

Pinché goma, pero mal.
Le pedí el auto a mis viejos para ir a una fiesta que quedaba fuera de la guía T y de lo que es peor, de Google maps. Era una noche helada, y cagada de frío me metí sin mirar las ruedas. Aunque estuviera cagada de calor, tampoco las hubiera mirado. Arranqué y fui a cargar diesel, “nafta no, porque el auto se rompe”, me explica papá como si fuera una infradotada.
El hombre que me surte (hombre que me encanta por default), se percata del estado de mi rueda. “Flaca, pinchaste”. “Uy” le digo con voz de vedette bebota, “¿me ayudás?, mirá como estoy vestida”. “Te la puedo inflar, pero no cambiar”, me dice mientras se limpia las manos en un trapo más sucio que mi mente, que decodifica eso como algo sensual. “Te pongo un poco más”, se refirió al aire, me puso 33, siempre le pongo 3o. “Gracias, me salvaste, ahora voy a buscar un gomero”, mientras le daba una propina no equivalente a su buena voluntad. Arranco de nuevo. Despacito por el carril de los lelos, por la avenida Irigoyenista del sur. Voy pispeando gomería. La hallo y le subo el auto.
Pensamiento suelto: Las modernas gomerías, estilo shopping con cafetería, no abren las 24 hs.
“Pinché la delantera derecha,” le dije como un igual.
El gomero hace lo suyo, mete la rueda en la bañadera y me dice: “Che, mujer pelotuda que no sabe manejar y anda haciendo mierda las ruedas del auto y seguramente todo lo que encuentra por delante”. No mentira, pero seguro que lo pensó. Me dice: “Flaca, ¿anduviste cordoneando? Hiciste mierda la rueda, casi que no sirve.” Miro la rueda y parecía las fuentes danzantes de Mardel, era un colador.
¡9 parches de 20 p cada uno!
Dejé de comportarme con un mecánico lésbico y pasé a la dulce damisela que siempre soñó con estar en el poster de su pared.
¡Necesitaba un descuento! No había llegado a la fiesta, y ¡ya me estaban rompiendo el culo!
Pero nada, lo único que logré fue un recibo que no dijera "X no válido como factura".
Arranqué por tercera vez, con el ego y la billetera vacía y me fui a esa fiesta, que ni se de quién era.