Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

sábado, 27 de junio de 2009

¿Alérgica al polvo?

Desde que empecé a salir con él, toso.
Me pica la garganta como si tuviera millones de hormigas caminando por el tracto respiratorio. Me desespera tanto que usaría esos limpia-mamaderas para rascarme. No es resfrío ni gripe, no es angina ni paperas.
Sé que es él. Que toso cuando pienso en él y cuando estoy con él. Y ahora que estoy escribiendo sobre él, soy una convulsión tosífera expectorante, con el monitor todo escupido – es que no puedo taparme la boca porque tengo las manos ocupadas tipeando este fragmento, ¿vio?-.
En fin, ¿serà cuestión de alejarme del polvo por un tiempo?
Pero con sinceridad, ¿còmo puedo ser alérgica al polvo, si me encanta jugar con el plumero? Voy a probar tomando leche calentita, a ver si eso me calma.
¡Què jodida es la tos! cof, cof.

domingo, 21 de junio de 2009

Un funeral por adelantado

A veces cuando la muerte viene merodeando largo y tendido, es mejor dar por muerto.

El pobre Tío Bernardo anda en esas. Casi se muere el día de mi cumpleaños el año pasado. Pero repuntó, y no te digo que este año también me está amagando.

“Tendrías que ir a despedirte del Tío”, me dijo mi Sr. Padre. “¿Pero, justo hoy que es mi cumple?”, exclamé rezongando, mientras apilaba los sanguchitos de miga. “Bueno, yo te estoy avisando. Con vos no se puede hablar. Te enojas de nada,” me reclamó. "En la semana voy. Que aguante un par de días más”, le dije y me robé un chisito.

En la semana, el celular me avisó: Despedir a Tío Bernardo.

Allá fui. Antes de llegar al geriátrico, pasé por la casa de la quiniela y jugué unos numeritos. El Tío siempre fue burrero, jugador y cantante de tango. Ganó en “Grandes valores del tango”, cuando Silvia Suller era secretaria. Sentí que eso podía revitalizarlo, darle ganas de llegar a ver los resultados del día siguiente.

Entré al asilo con el mismo entusiasmo que le pongo un lunes a la mañana para ir a laburar. “Hola, buenas tardes”, le dije a las ancianas mientras buscaba la habitación de mi Tío. “¿Vos, la conocés?”, escuché que le decía una vieja a la otra. “No”, respondió la octogenaria. “Entonces, ¿para qué saluda?”, remató la simpática ancianita.

En fin, llegué a la habitación 284.

“¡Hoooola Tíiiiiiiiiiio!”, entré eufórica como si me hubiera aspirado un metro de tiza. Había que transmitirle vida al cuarto. ¡Esa pobre gente estaba en las últimas! Pero para mi sorpresa, el tío estaba viendo Tinelli, y una enfermera le decía al viejo de la cama contigua: “Oscar, no escupa la comida, ¡por favor!”.

“¿Quién sos?”, me preguntó. “Soy yo, Jennísima. Tu sobrina nieta. La nieta de Anita. ¿Cómo estás?” “¿No me ves?”, me contestó.

“Tío, te traje unos numeritos. Mirá si mañana somos millonarios”. Miró el cartón y refunfuñó un “¡Jugaste todos números bajos!”. “Bueeeeno, Tío. Jugué a los cumpleaños”. “No sirve. Quedátelo”, y me lo devolvió. Puta, che. ¿Vos no estabas moribundo?

“Tío, ¿sabés que me recibí? Ya soy licenciada”. “Licenciada en cachiporra, sos vos”, me dijo con su voz arrabalera. ¡Vaya uno a saber qué me quiso decir! Un amigo me dijo que eso significaba petera. Espero que no.

“Tío, ¿cuál es tu tango favorito?” Pero le importaba más ver a Jésica Cirio treparse al caño y me balbuceó: “No sé. Todos me gustan.”

“Tío, ¿te gusta Adriana Varela?”, y ofendidísimo me dijo: “Esa no canta tango, ladra.”

Ya desganada, sin ganas de ponerle más garra, una última pregunta se me vino a la cabeza:
“Tío, ¿estás seguro que te estás por morir?”

El viejo estaba más cerca del bandoneón que del arpa. No te digo que no dejaba de mirarle el culo a la enfermera que se agachaba a limpiar la comida que Oscar escupía al suelo.

¡Este tiene tango para rato!
Recuperate frate mío, te lo digo por tu bien. Te quiero mucho.

sábado, 13 de junio de 2009

Llamá al 911 o a mi celu

Querido blog:
Hoy me recibí de socorrista.

Tengo un certificado que me habilita a hacerte respiración boca a boca, a abrirte la camisa, poner mis manos en tu pecho y apretártelo 5 cm para abajo. También me habilita a abrazarte por detrás, tocarte el ombligo con mi dedo índice y tirarte hacia mí. Por supuesto que también tengo derecho a romperte el pantalón si tuvieras una lastimadura, y presionarte ese punto en la ingle que te reduce el flujo de la sangre.
¿Sabés qué más puedo hacerte impunemente?
Ponerte en una camilla y atarte, para que te quedes bien quietito. Puedo pasarte las manos por el cuello hasta llegar a tus pómulos y ponerte un cuello cervical. Puedo vendarte entero, empezar con un vendaje circular, pasar a un espiral e inmovilizarte las articulaciones. Lo que mejor me sale es el vendaje recurrente de muñón y ni te digo el de la cabeza. Te la envuelvo con la delicadeza de un viento acariciándote el pelo.
Vas a ver, cuando te agarre, vas a gritar ¡socorro!

sábado, 6 de junio de 2009

Adolfo Urrutia coiffeur.

Con la cabellera larga hasta el aro del corpiño, decidí cambiar el look. “Lo quiero cortito, Adolfo”. “¿Cortito,cómo?”, me retrucó.

Preguntas complicadas si las hay. Sentadita, mirándome al espejo, me entró una duda del tipo existencial. Casi como si me hubieran preguntado: ¿qué pasa cuando nos morimos? ¡Qué sé yo! Tengo miles de respuestas ya resueltas en mi vida. Sé que quiero que me entierren, que quiero entrar a la iglesia con un popurrí de Beatles, que apoyo la legalización del aborto y sé qué diputado votar. Pero, cómo quiero el corte de pelo, no.

“Con onda”, le dije. Esperando que la palabra “onda” fuera una directiva inspiradora. Adolfo me miraba desorientado, dando tijeretazos al aire. Me sentía presionada, y mis rulos cobardes se escondían en sus tirabuzones.
De repente, apareció ella. En un poster, una rubia de rulos y pelo cortito. “Lo quiero como ella, Adolfo.” “Fenómeno”, me dijo y se acometió en su deber, el coiffeur manos de tijera.
Al rato le dije: “Adolfo, mirá que no lo quiero carré, ¿eh? Lo quiero con onda, que los rulos me salten para todos lados.” Y Adolfo siguió meticuloso. Fileteando mis mechones con cuidado, acompañándolos caer hasta el suelo. Delicado. Relojeando el poster.
“¡Listo!¿ Te gusta?”
Pero Adolfo, la puta que le parió. Esto es más carré que el cerdo que compré en Coto. Parezco de ocho años. ¡Una muñeca pepona! ¿Y la onda? Adolfo, haceme el favor, agarrá las cuchillas y meté tijeratezo loco, con furia. Adolfo, ponele corazón. ¡No quedé como la del poster!

Adolfo hizo lo que su corta mentalidad le permitió. Así que llegué a casa, agarré las tijeras y hete aquí este bonito peinado anti- carré.
Jennísima Coiffeur pour la galerié.