Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

miércoles, 30 de junio de 2010

Mancomunadamente

“¿Querés que trabajemos mancomunadamente?”, me preguntó. Y yo me imaginé manca. Me miré los brazos y no los tenía. Tenía dos muñones y un nudo en cada manga de la camiseta.

“¿Querés que trabajemos mancomunadamente?”, me repitió. Y yo seguía impactada con mi ausencia imaginaria, por eso tardé en responderle.

“Como quieras. Una mano me podés dar”, le respondí jocosa. Pero la imagen ya estaba plasmada en mi mente.

¿Cómo sería mi vida si fuera manca de los dos brazos?

Roberto estaría chocho a pura mamada, aunque a veces se conformaría con una paja con el pie. Los de la pizzería se hubiesen llenado de guita de tanto delivery. Solo me vestiría con vestidos y no usaría bombacha. Abriría la canilla del videt con mis piecesillos. Seguiría siendo bloggera, pero escribiría con mis pies, obvio. Tendría un grupo en Facebook llamado “bloggeras de pie” y me haría fan de “Yo no pongo las manos en el fuego por nadie”. Jamás aplaudiría al grito de “¡un aplauso para el asador!”. Marcaría las teclas del teléfono, el botón del ascensor, la clave del cajero, el control remoto y tantas cosas más con mi lengua y para evitar contagiarme vinchucas raras usaría un preservativo lingual. Nadaría con un chaleco salvavidas. No podría saludar de lejos, ni pedirle la cuenta al mozo, tampoco parar el colectivo, ni taparme la boca al estornudar.Olvidate de hacer motoncito con los dedos. Me preocuparía más hacerme una prolongación lingual que las tetas. Bahh, no sé, porque podría hacerme los pezones de acero y en lugar de usar la lengua te toco el timbre con mis timbres.

Pensándolo bien, creo que voy a empezar a cuidarme más mis lindos bracitos.

martes, 22 de junio de 2010

Ese ex

Renegué del querer. Me estresé. Pensé en meterme en retretes efervescentes. Pensé en el tren del este, que me lleve, que me expele.

Recé. Recé trece veces en el mes. Pensé en ese ser. Me elevé en el zen.

- Crece el que cree. Debes tener fe.

Derrepente…

-¡Es ese, es ese! Sé que es él.

Remé, remé. Llegué. Me le entregué, le trepe el pene, le besé. Celebré el semen.

Tendré el bebe.

- ¿Qué? ¿Tres bebés? ¡Es excelente!

Esther me lee:
Te dejé. Entendeme. Ernest.

¡Reyes que se venguen de él! Desee que le segmenten el pene.

-¡Déjenme que le pegue! ¿Qué se cree este pelele?

Temblé. Temblé tres veces.

-¿Qué pretende?

Le execré. Me cegué de verde. Relevé leyes que me dejen entender qué es perder, qué es entremeterse en el deber del ceder. Me vengué en el entremés: le desmembré.

-Este es el pene de ese mequetefre.Jejjejejje.

jueves, 17 de junio de 2010

P.U.T.A

No voy a meterme con la profesión más antigua del mundo. Ni en la discusión sobre la legalidad de la misma. Voy a meterme en mis ganas de revolear la chancleta. O en la ganas de que se metan en mis ganas de meterme...en fin, ¿alguien que se quiera meter?

Tengo la estampita de la virgen Llorapenes en mi cartera y creo que deberíamos rezarle más. Es grande la legión de féminas desorientadas, que pese a estar orgullosas de su autosuficiencia recaen en la melancolía por tener un Roberto para decirle: “Roberto, hoy almorzamos en lo de mamá.”

Pero como esos momentos son tan efímeros como las raíces rubias en una morocha, nos encontramos con otra situación: por qué no aprovecho la soltería y me pongo un poco más livianita de prejuicios y me hago un poquito más puta. (Putita me suena más ofensivo que puta. Y putona me suena a reventada de crack).

Te lo planteo como si mi familia no leyese el blog.

Cuando me llegó la cuenta de teléfono pensé: qué onda si la próxima vez que un Roberto me invita a cenar y al cine, le digo que me dé esa plata y nos quedamos en casa que le cocino unos ricos moñitos con manteca. Con esa plata te pago las cuentas, ¿me hace muy puta o muy rata?

Abandono el tema acá porque corro el riesgo de derrapar. (Desde el fondo me gritan que ya derrapé). "¡Bueno señor, vaya y vote a Monseñor Bergoglio!"

Se los cuento así cortito como quien no quiere la cosa. Ya lo dice el slogan: el amor propio no tiene precio para todo el resto existe Mastercard.

martes, 15 de junio de 2010

En mi onomástico

Un día como hoy, pero con mucho más frío y 29 años atrás, nací. Mi papá al escucharme llorar le dijo al obstetra: “¡Va a ser cantante!”. El doc le dijo: “No, va a ser llorante! Ambos le atinaron.

La acertadísima carta astral que figura en la taza de café de Géminis que me regalaron hace tiempo me vaticina lo mejor: “Originales. Poseen gran rapidez mental, inventiva e imaginación. Detallistas. Vencedores frente a los obstáculos.” Nadie quiere hacer enojar a la taza, ¿no? Para qué contradecirla.

Tengo un solo reclamo este año: Roberto hace 29 años que te venís olvidando de mi cumple. Entre todos vamos a hacerte acordar. Haceme un lindo regalito. No sé, llamame, aparecé de adentro de una torta. Todos sabemos cuánto me gustan las margaritas y las berenjenas al escabeche.
¡Tengo la torta, me falta la velota!
Besos a toda la gente que cumple en este día, incluyendo a Courtney Cox y Helen Hunt. Ahh y obvio a Jesusita.

miércoles, 9 de junio de 2010

Dos por uno

No se lo digas a nadie, por favor. No tendría que habértelo contado. No sé por qué lo hice”. Y yo, que no puedo guardar un mísero secreto porque siento que me va a dar cáncer por la ansiedad más la angustia, lo conté. Para salvarme de la muerte por secretitis, ¿vió? Sólo se lo dije a mis amigas más íntimas. A mis cien amigas más íntimas y supongo que ellas se lo habrán contando a sus amigos más íntimos también.

Él me quería, por eso me confió su secreto. Una confidencia que nos ponía en riesgo a los dos. En riesgo de vida. Y a mí no me importó, porque soy una bocona. Encima lo escribo, consciente de correr la desafortunada suerte de Rodolfo Walsh después de haber escrito la carta a La Junta Militar, que lo llevó a desaparición y muerte.

Roberto no trabajaba en una empresa normal. No estudió marketing ni ingeniería. Roberto tenía doble identidad, además de Roberto era un Aldo. Casi siempre era Aldo. Armado hasta los dientes, con chaleco anti-balas, dos documentos, dos pasaportes, dos patentes.

Cuando lo supe, me enamoré. Yo siempre soñé con salir con Batman o Súperman. Alguien que me dijera: “Mirá Jennísima, tengo que decirte algo: soy Batman”, y que tuviese que dejarme a medio desnudar para salvar a la humanidad. Pero Aldo no usaba traje de látex negro, ni capa. Era un oficial encubierto de inteligencia, que usaba traje normal o ropa cualunque dependiendo el caso.

Con el tiempo, esa excitación de estar con un héroe nacional secreto se transformó en una paranoia. “Un día se va a desquitar con vos”, me dijo una amiga. “Los policías son todos violentos”. Y así seguían alimentando mis miedos. Sólo esperaba el momento en que me pegara y me dejara esposada en el lavadero. Pero Roberto era un galán, me regalaba flores que yo terminaba revisando una a una con el temor de que tuviesen micrófonos o micro camaritas ocultas; me regalaba bombones que yo simulaba tragar por miedo a que tuvieran esa droga que te desmaya; me traía vasos de agua en su casa (como cualquier anfitrión) y yo pensaba que era para conseguir mis huellas digitales.

Lejos de sentirme segura bajo el manto de un policía en acción pero con un coeficiente intelectual mayor y armas de inteligencia letales, quería escabullirme de esa relación. Pero no podía dejarlo, podría matarme. Me quedaba una salida: simular mi muerte. De ese modo no podría perseguirme, ni ponerme un custodio las 24hs. ¿Cómo puede una chica, que no aguanta guardar un secreto, simular su muerte? ¡¿Cómo?! Como no se me ocurrió, hice la clásica: Roberto, no sos vos, soy yo. Por favor no me llames más. Ah, y si me llegás a hacer algo, revelo tu identidad secreta.

miércoles, 2 de junio de 2010

La esperanza en un cacharrito de cera

A veces me pregunto cuánto pelo es capaz de tolerar un hombre en una mujer.

Es un gran esfuerzo estar constantemente depilada. Exige coraje, tiempo y plata. Por suerte el cuerpo se va acostumbrando al dolor que causan los distintos métodos, y con orgullo puedo levantar el palito con cera goteando y gritar: ¡yo me hago mi propia tira de cola sin chillar!

Me enoja escuchar a los señores que demandan los cuerpos desmantelados de vello en las mujeres. Conozco un caso en que el susodicho le paga a su novia la depilación definitiva. ¡Roberto, si me querés de verdad, quereme aunque sea una mona!

Le pongo todos mis porotos a los Robertos sin prejuicios, quienes aman galopar a pelo, y no ahorran caricias en las zonas que se vuelven polainas o felpudos.

En fin, los gustos de los Robertos son tantos como cantidad de sistemas depilatorios. Pero no siempre hay un Roberto en nuestras vidas. Entonces, para qué nos depilamos.

En verano, para gozar del sol, de la bikini, de la playa, el mar y la pile. ¿Y en invierno?

Creo que depilarse en invierno es un acto de fe. Es tener la mirada puesta en el horizonte del sexo. Es confiar en que vamos a conocer a alguien en el pasillo que nos va a besar sin frenos ni frenillos y terminaremos en su casa. Es no tener ganas de correr a último momento a comprar una gillete y rebanarnos la carne y jugarnos la vida en un cavado que nos va a picar duro y parejo cuando crezca. Porque por más que Roberto se banque la pelusa, en un primer encuentro estar depilada es estar en una zona segura.

Entonces, si depilarnos en invierno es un acto de fe, saquemos nuestros cacharritos quemados y alcemos una oración para mantener la esperanza. Porque mientras haya una cacharrito calentando cera, hay posibilidades de encontrar un Roberto, y más aún, uno que no nos exija estar eternamente depiladas.