Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

martes, 26 de octubre de 2010

Banelquizame, corazón

Ayer me quedé encerrada en el cajero con dos Robertos desconocidos. Uno estaba in-far-tan-te, el otro no. Uno era un billete de 1000 euros y el otro una moneda de 0,5 australes.

Entré al cajero a las apuradas. Introduje la tarjeta, saqué la plata y cuando intenté salir, confundí el “Tire” con el “Empuje”. Ni que fuera Sansón, solo dí un tironcito y la puerta que estaba sutilmente entrecerrada encastró con determinación y así quedó como sellada.

¡Qué bueno, no! Ahora mi cerebro no solo confunde la derecha con la izquierda, sino que además tiene un nuevo desfasaje neuronal con el TIRE- EMPUJE. ¡Genial! En cualquier momento confundo el NO con SI y me declaro vedette.

En fin. Busqué el picaporte y no estaba, se había roto. Tampoco había un lector de tarjeta del lado interno que destrabara la puerta. Empecé a sacudirla, haciendo vibrar todos los vidrios del banco, aplicando la ley “más fuerza que maña”, pero no funcionó. Uno de los dos chicos que estaban conmigo en el cajero haciendo lo suyo, se me acercó y me dijo: “tenés que empujar”. Me di vuelta con un “ya lo sé, imbécil” en la punta de la lengua, cuando descubrí su belleza: rubio como el oro y ojos como esmeraldas. Cincelado por Miguel Ángel y barnizado por Van Gogh. Me tragué esas palabras y balbucée: “si, ya probé. Estamos encerrados. Vamos a tener que pedir ayuda a la gente que pase.” Se lo dije con una sensual sonrisa. Quería que él pensara “que mina copada y dulce. Cómo me casaría con ella”.

“Ché boludo, mirá qué mierda. No podemos salir”, le dijo a su amigo, olvidándose de mí, de mi sonrisa y de mi encanto de flor silvestre. Los interrumpí con un “vamos a tener que pasarle nuestra tarjeta a alguien de afuera para que nos abra. ¿Hacemos un casting de peatones? ¿Alguien que dé confianza?”. Más simpática no podía ser, ¡se los juro! “No es necesario pasarle la tarjeta a nadie. Se puede abrir con cualquiera”, me respondió con cierta ausencia de simpatía y un pedanterismo extra large.

Mientras esperábamos a que pasara alguien, el amigo se quedó hablando por teléfono en un rincón y nosotros nos miramos. “¿Querés pasarme la tarjeta?”, le propuse mientras me inclinaba, apoyándome sobre el tablero. “Dale, te puedo hacer un par de extracciones hasta que nos saquen de acá.” “Mi clave es 6969”, le dije. “Apostaba a que era 7777”, me contestó. “Mirá que te vacio la cuenta”, me apuró. “Dejáme en rojo, si te animás. Tengo más en la cuenta corriente”, le respondí atrevida.

De repente sonó esa alarma que se activa al abrirse la puerta. Una señora había pasado su tarjeta para liberarnos. Los tres salimos a la vereda. Me quedé mirándolo, esperando a que me diera un guiño, me pidiera el teléfono, se arrodillara, algo. Pero se fue, sin saludarme y con mi tarjeta de débito.

Roberto, cuando nos divorciemos, me voy a quedar con la mitad de tu fortuna y un poquito más. A ver si te gusta.

11 comentarios:

MateConDuraznos dijo...

Un Roberto interesado.
De esos que nos dicen cosas lindas sólo hasta que les entregamos... la tarjeta.

Anit! dijo...

Pensé que llegaba a PRI! Me gustó el "empecé a sacudirla".

eMe dijo...

Jajajajajaaaaaa Morí... ese "empecé a sacudirla" y el diálogo sobre las claves con Roberto, INSUPERABLES!!!

Flowers dijo...

Jjaja, buenísimo, como siempre. Adem´s, no sabés lo bien que me hace que otra persona tenga problemas con el Tire y Empuje.

Jennifer Amapola Banfrula dijo...

Flowers: Los Les Luthiers decían: "Hay dos palabras que te abrirán todas las puertas: Tire y empuje". salvo en este caso, que se necesitaba una tarjeta. Me alegra que seamos del mismo grupo de lelas.

Eme: el porblema es que Roberto siempre se olvida la clave.

Anit: lastima que la sacudida no la ligue yo.

MateCD: hasta q un día, la tarjeta la ponen ellos.

laura dijo...

por mas pelo rubi y ojitos claros, digo, es necesario ser tan antipaticamente pelotudo?

Guada GN dijo...

Ay Banfru... Que te dije de hablar con desconocidos en cajeros automàticos? Todos los hombres son iguales, sólo quieren la tarjeta... Y cada día laburan menos para conseguirla. Una prácticamente se las regala ya...

Anónimo dijo...

genial!

Cin dijo...

Yo tambien tengo el mismo desfasaje neuronal. Siempre quedo como una tarada en el gimnasio y en la panaderia. Para mi que ellos lo cambian porque saben que voy a hacer el ridiculo.

Nina Regina dijo...

qué poca poesía ese Roberto...

MaGui (Sí, sí... la misma) dijo...

Ja! claramente por esa causa no me gustan los rubios... prefiero los morochos, que roban al estilo más clásico!