Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

martes, 30 de noviembre de 2010

La Feliz

Me voy sola 5 días a MDQ y llevo un bolso gigantesco para que entren todas mis ilusiones. Siempre llevo tres pilchas locas y un placard de deseos románticos. Les soy sincera, no comprendo bien cómo es que todavía tengo tantas esperanzas. Después de reiterados fiascos, debería hacerme la idea de que sólo voy a leer, escribir, comer churros y quizás me vuelva antes para no terminar como Alfonsina en el fondo del mar. No debo esperar nada. Olvidarme de conocer a un ken surfista que me haga el amor mientras barrenamos, para acabar en la orilla envueltos en algas. Tampoco pensar en un guardavidas ardiente que me rescate y me coma la almeja.

Una vez conocí a un Roberto en París. Era argentino pero estaba estudiando desde hacía varios años. Si hay un lugar lindo donde conocer a un garçon para enamorarse, es en la ciudad de las luces. El franchute me paseó por todos los puentes parisinos y me llevó a la torre Eiffel en noche de luna llena. Durante esos cuatro días me pasó a buscar después del trabajo y vivíamos en una croissant mágica. Nunca pasó nada, ni un beso, pero las burbujas se sentían.

Cuando volví a Baires lo acribillé con mails eróticos, diciéndole cuánto fantaseaba con su torre Eiffel dentro de mi arco del Triunfo. Cómo me gustaría recorrerle su Champs de Elisé con mi lengua y de las ganas de que se metiera de lleno en mi jardín de Tulleries.

Pasaron los meses y el franchute volvió a nuestros pagos. Sin estar segura si fue él quien me invitó a Mar del Plata o si mi autoinvité, un viernes salí del laburo corriendo a Retiro para tomarme un micro a la Feliz.

En el trayecto fuimos comunicándonos y en cada mensaje de texto me iba revelando información trascendental. “Vamos a quedarnos en el depto con unos amigos”, “no te puedo ir a buscar a la est. Tomate un taxi y venite”.

Cuando llegué al depto, había 5 minitas en topless, 3 pibes refumados y colchones en el piso cubriendo los 25 mts. cuadrados. Romantiquísimo el panorama. “Okey, relajá Jenn, va a estar todo bien. Respirá hondo”, me dije. El Franchute me recibió con un beso en el cachete. ¡En el cachete del culo dame el beso, franchute malparido! Viajé seis horas para desayunarme con este campamento hippie y ¡me das un beso en el cachete! Falta que me invites a una orgía y te devuelvo a Francia de una patada, ¡puto!

El fin de semana se desarrolló tal como nunca me lo hubiera imaginado. Todos dados vueltas, el pibe desaparecía por horas y yo me leí “La Sra. Dallaway” de Virginia Wolf enterito. Para colmo me indispuse y me manché el pantalón. Tuve que caminar contra la pared hasta llegar a un barcito. Para compensar la amargura me pedí unas rabas. Cuando pedí la cuenta me dijeron que solo aceptaban efectivo y yo no tenía un mango. Les dejé mi cédula, fui al cajero que está al lado del Casino, saqué la plata y mientras volvía para rescatar mi cédula, ¡me volví a manchar el pantalón con sangre! La puta que lo parió a ese franchute del ojete, mis ovarios y los putos tampones que no toleran el caudal de una mujer rabiosa. Tal como dije al principio, siempre llevo poca ropa, así que no tenía más pantalones limpios. Me puse un buso atado a la cintura y me subí al micro.

¿Me decís por qué carajo voy a Mar del Plata con los malos recuerdos que me trae?

viernes, 26 de noviembre de 2010

La roncha

Hace un par de días me apareció una roncha en la espalda. Una normal, cualunque, como la tu madre o la de tu hermana. Una roncha que pica con demencia. Pero ojo, no hay que rascarla mucho porque en el placer de la refregada uno se lacera el lomo, y además de la roncha terminás teniendo una quemadura de cuarto grado.

Pasaron los días y seguía en mi espalda, más roja, grande e irritada.

Tuve que ir al doctor.

Jennnísima: Doctora, tengo una rocha en la espalda.

Doctora: A ver, dejáme ver (revisa, toca) ¿Vos cogés en el piso?

Jennísima: ¡¿Eeeeeehh?! ¿Cómo? Mmm, (¿los doctores pueden preguntar eso? Y empecé a hacer memoria. Realicé un inventario de locaciones garchables en mi mente. Mmmmm, mesa, sillón, cama…¿piso? contra el placard, ¿piso?) Alguna vez lo hice.

Doctora: Esto es alérgico, te frotaste sobre algo, está justo sobre un punto de apoyo de la columna. Muy normal en quienes practican el coito contra el piso.

Yo seguía sin hablar, casi espantada con el modo discursivo de la doctora. Si le respondía que sí podía quedar muy canchera... o muy roñosa. ¿Qué iba a pensar? "¡Al menos pasale un lampazo, flaca! O dale una barridita antes de revolcarte con un pibe". Ni que el piso de mi casa fuera el de Constitución, ¡che!

Doctora: Pasate esta cremita y fijate en donde apoyás la espaldita.

Jennísima (todavía sin recordar si lo hice o no en el piso) Gracias, Doctora.

Y me fui con mi pomada ronchal jurando que la próxima vez Roberto va abajo o que al menos barra, el muy vago.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Todo resuelto

Ella había escuchado sobre lo difícil de mantener una relación. Lo decían su mamá, hermanas, amigas, diarios, revistas, hasta el noticiero. Sobre el desafío de encontrar el equilibrio entre dos personas que se sienten imantadas, por ser polos opuestos.

Por eso empezó terapia de pareja, para que cuando la tuviera, ya lo hubiera resuelto todo.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Ring raje en la cama

No soy mujer de una sola noche. A lo sumo mujer de las mil y UNA noches, señor. ¡Que quede en claro!

Aunque a veces, bueh.... mmmm... se pone oscuro, una cosa lleva a la otra y deja de ser claro.

¡Nunca pensé que pudiera pasarme esto! Es como la inseguridad, siempre le pasa a otro, hasta que un día te toca, te encañonan y te dejan vacía.

Caí como una quinceañera. Me condimentaste para un solo plato. ¿Cuánto te costé? ¡Dos birras y unas papitas!, te salí una ganga. ¿Te das cuenta por qué hay que salir a comer sushi con buen vino? Por lo menos compensás, no fuiste la única a la que se cogieron de parada.

Acepto que la noche no fue como para que ganemos el Oscar a la mejor película porno, pero la primera vez siempre es cine shampoo. ¡No me dejes toda la responsabilidad a mí! Encima creo que me lesioné. No solo espero una señal tuya post coitum, sino que ando con un olor a ratisalil tremendo. En el laburo me preguntan, "¿qué te pasó que rengueas y apestás?". “Quise sorprenderlo a Roberto con un garche olímpico y me cagué el abeductor.”, ¿querés que diga eso?

¡Dale, aparecé!

Podría hacerte conocer las siete maravillas del mundo con solo separar las rodillas. Pero no me das chance. ¡Estaba tímida!

Bueno..., ¿sabés algo? No importa. No vuelvas. Igual, seguiré apostando al amor que surge del sexo en la primera ocasión.

Que pase el que sigueeeeeeeeeeeee…

martes, 16 de noviembre de 2010

Super Jennísima al rescate

Ayer recibí una carta del consorcio que pedía voluntarios para evacuar el edificio en caso de emergencia.

Y si hay algo de lo que nadie se puede quejar, es de mi voluntarismo. Voluntad para tirar al techo, tengo. Potes gigantes, kilos enlatados, en cajas de zapatos, en el botiquín, debajo de la cama, colgada de las perchas, donde mires, tengo voluntad.

Se necesitaban dos encargados por piso. Sentí en mi espalda desplegarse una capa rosa con una jota bordada en dorado con piedras preciosas. El viento en mi cara y una luz del cielo me dieron las señales: ¡yo seré esa voluntaria!

No nos olvidemos que además, tengo el certificado de rescatista de la cruz roja. Soy perfecta para ese cargo. Nací para ser la “Evacuadora oficial”.

Mi edificio tiene diez pisos y en cada uno hay trece departamentos. Estamos hablando de una población importante, casi la misma cantidad de habitantes de Aguas Verdes, partido de la Costa. Pero el detalle es que en mi piso, yo soy la única que vive ahí. El resto son oficinas. Es decir, si un domingo explota el calefón por culpa del tipo del quinto y estallan los pisos provocando un derrumbe de la cúpula, ¿quién me evacúa a mí? Son esos momentos en que una debe envalentonarse y rescatarse a una misma.

Así que hoy bien temprano fui y le dije al encargado: “Don Carlos, yo me propongo para hacer los simulacros de rescate”. “Muy bien, linda. Ya te anoto.”, me contestó ronco. Vi que tomó nota, abrí la puerta y me fui volando a la oficina con mi capa rosa.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Hola 60´s

Anoche comprendí esa histeria desenfrenada de las fans sesentosas de los Beatles en carne propia. Esas ganas de arrancarte la ropa y los pelos, llorar y gritar: “I love youuuuu, Paul”.

Cuando empezó a sonar “Close your eyes” todo se volvió blanco y negro. Me sentí en el show de Ed Sullivan viendo a los fav four, pero estaba en River viendo a Paulcito con sus tiradores, tocando el bajo con la zurda.

En cada tema me daban ganas de llamar a alguien y decirle: “Escuchalo a Paul”. Una imperiosa necesidad de compartir esas canciones que escuché toda la vida.

Mi casa siempre fue un santuario bitlero, desde que nací. Mientras dormía, mi viejo y sus amigos guitarreaban el álbum blanco, Sargent Peppers, Let it be y hasta versionaban los temas. ¡Convirtieron Twist and Shouts en reggae! La hora en el reloj de la cocina de mi mamá te la dan John, Paul, George y Ringo, tuvimos un yellow submarine colgado de una sopapita en la ventana del comedor por años. Uno de mis perros se llama Lennon, mi tortuga se llamaba Harrison (que también descansa en paz). Hoy en mi cocina tengo los carteles de Penny Lane y Abbey Road en las puertas de la alacena. Tengo llaveros, remeras, libros, fotos, almanaques, pins, bolsos y ¡hasta fui a Liverpool!, donde me enamoré de un Roberto en el Magical Mistery Tour, sólo porque se parecía a Ringo en Let it be. ¡Cómo no me voy a emocionar!

Una pena que lo tenía tan lejos, que lo veía como un puntito, pero al menos lo vi. Lo escuché mientras me cantaba al oído y me miraba a través de esa pantalla gigante. Me dedicó Black Bird y Hey Jude en silencio, para que el resto de la gilada no se enojara. Cada vez que levantaba la guitarra en el aire, me señalaba. Yo lo sé. Él lo sabe. Eso nos basta.

Paul, antes de seguir de gira, venite a casa que te hago unas milanesitas, que yo se que te gustan, y hacemos un lindo English tea con la familia. Caete al mediodía. No hace falta que traigas nada. ¡Te esperamos!

martes, 9 de noviembre de 2010

La alacena del amor

Dicen que el ingrediente secreto de un buen plato es el amor. Ahora, me pregunto cuál es el ingrediente secreto para el amor.

Tengo una primita que una vez hizo con mucho esfuerzo una chocotorta. Nos llamó a todos para merendar con el entusiasmo de un ganador de loto: “¡veeeengan todos a comer la chocotorrrrta que hiceeee!”. En el primer mordisco noté un sabor raro, como salado. Al segundo mordisco constaté que definitivamente había un ingrediente errado en esa receta. “¿Qué le pusiste a la chocotorta, Angie?”, le pregunté. “Dos paquetes de chocolinas que mojé en el almíbar de los duraznos y dulce de leche,” me dictó la receta cual Maru Botana mirando a cámara. “¿Qué duraznos en almíbar encontraste?”, le cuestioné. “La lata abierta que estaba en la heladera”, me canchereó como si no pudiera diferenciar una lata de duraznos de una lata de palmitos. De hecho, al abrir la heladera me di cuenta que ¡fue ella quien no diferenció una lata de duraznos de una de palmitos! “¡Le pusiste el jugo de los palmitos a la torta, Angieeeeee!, le grité.

Tuvimos que tirar la chocotorta a la basura en-te-ri-ta. Fue horrible.

Por lo general, pienso que Roberto es mi lata de la confusión. La abro con tremendas ganas de comerme un durazno y termino comiéndome garbanzos (que, encima, ¡me llena de gases!). ¿Será que no me tomo el tiempo para leer las etiquetas?, ¿que me abalanzo con mi abrelatas sin percatarme de la realidad, cual hiena famélica, a punto de morir desnutrida?

Voy a tener que revisar a los Robertos que tengo en la alacena y leer bien las etiquetas, chequear la fecha de vencimiento y cambiar de actitud, porque si no voy a seguir comiendo atún, en vez de caviar.

Una lectora que también se confundió de ingrediente, me mandó este dibujinho. ¡Gracias Luma!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Estafada y estampillada

Quise hacerme rica con las estampillas, pero al final me vendieron un buzón. Hace catorce años que me metí, con el pie izquierdo, en el mundo de la filatelia. Sí, en ese glamoroso y canchero mundo que sólo me daría alegrías y riquezas. “Antártica y Falklands” era mi especialidad. Pero no fue una elección a conciencia, fue ambiciosa y especulativa. Era una colección tan rara que me daría grandes dividendos a corto plazo.

¿De dónde nació esta idea? La heredé de mis bisabuelos lituanos. (Los sigo sorprendiendo con mis orígenes, ¿no? Primero ingleses, sumé españoles y ahora te caigo con lituanos. Soy un crisol de razas). Esta gente, subsumida en la pobreza, el frio y el vodka berreta que hacían en su bañadera, decidió fugarse de sus tierras congeladas, cansados de esperar una Perestroika que llegaría 100 años más tarde. Como su dinero no valía fuera de su puebletusko, gastaron todo en estampillas. Se vinieron a Argentina con su álbum de filatelia dentro del estuche de la balalaika. Lo vendieron y se compraron una librería. La gran librería Kaplanski que nutrió a dos generaciones de Banfrulaskis.

Tenía 15 años cuando entré a la casa de filatelia Marle, en el corazón de la paqueta galería Oliver de Lomas de Zamora. Seducida por una plancha de estampillas de Elvis, me inicié como filatelista. Las primeras estampillas valían 15 pesos, una suma que fue en ascenso hasta pagar 100 o 200 dólares la plancha.

Empecé a sospechar del negocio tarde. Cuando ya había invertido todos mis ahorros y mis amigas me preguntaban “¿a quién se lo vendés después eso?” ¡Qué sé yo! Nunca lo había pensado, enajenada proyectando mi fortuna.

El destino quiso que fuera a la feria del libro para descubrir el stand “Amigos de la filatelia”. ¡Yo soy amiga! ¡Yo soy amiga! grité en silencio saltando de gozo y alborozo. Entré buscando respuestas y le conté mis sospechas a la señora filatelista. Creo que casi se le escapa un “cómo te cagaron, nena” y me invitó al centro de la filatelia argentina para averiguar más.

No tengo palabras para describir al centro, que de entrada me dio la bienvenida con un cartel en la puerta que decía “Hola amiguitos de la filatelia” y caritas felices dibujadas en fibrón. Era una ambiente envuelto en estantes vencidos con cajas obesas de estampillas, paredes celestes, una mesa larga y seres hipnotizados con dedos pinzas y ojos lupas. Eran clones del Doctor Lambetain con un hobby que los apasionaba. Ninguno de ellos parecía ser rico. No había Mercedes Benz en la puerta. No tenían Rolex, ni siquiera todos los dientes.

¡Si hubieran estado en mí! ¡Qué desilusión! (Me sentí peor que cuando Roberto me dijo que se iba a casar con ese gato barato). Con la estafa bajo el brazo, abandoné mis sueños de estar coleccionando algo preciado, único y peculiar. Ya no me haría rica. Ahora me pregunto ¿a quién carajo le meto estas estampillas? ¿Me mandan sus direcciones por favor?

martes, 2 de noviembre de 2010

Llorate algo, nena

En medio de una conferencia sobre cortes de cordero, me quebré en un llanto desproporcionado. No porque me diera tristeza su cruel matanza o la fría planificación de su desmembramiento (de hecho, amo su tierna carne asada con salsa de menta y papitas al horno). Era una angustia inabarcable que brotaba de la nada. Una granada explotándome en el pecho, sacando mis costillas hacia fuera y eyectando mis pulmones por detrás, dejando mi corazón maltrecho, penduleando de una arteria en medio de ese páramo.

Me levanté de la silla y huí antes de que aquellos carnívoros vinieran por mis achuras sentimentales.

Corrí hasta la esquina y seguí llorando a los gritos. Lloraba no solo desde el lagrimal. Me lloraban las pupilas, mis irises, por poco no lloraba mis propios glóbulos oculares. Una atenta señora se me acercó: “¿Estás bien? ¿Te robaron?”. “No. Gracias. Estoy bien. Es personal”, le contesté. “Pobrecita,” dijo y cruzó la calle.

Caminé un par de cuadras buscando asilo en lo de mi amiga y escuché a lo lejos: “¡Jennísima, Jennísima!”. Me di vuelta y con la manga ya colmada de mocos, intenté despejarme las lágrimas de la cara. Un Roberto de ojos claros me buscaba, había escapado de la conferencia y me había perseguido. “Te acompaño hasta donde vayas. Quiero asegurarme de que estés bien”, me dijo. ¿Qué podía pasarme? ¿Transformarme en un charco como uno de los gemelos fantáticos? Son cosas que podrían pasar, ¡obvio que sí! Mirá, yo estaba bien y de repente me puse mal. Cómo no podía cambiar de estado sólido a líquido así nomás. Él sacaría un gotero de su bolsillo para levantarme y ponerme en un vaso hasta que recuperara mi estado normal.

Fue la primera vez que me corrió un Roberto. No llovía, no había cámara lenta, ni sonaba “Eclipse total del amor”. Pensé qué sucedería si un Roberto se enamorara de mí. Si por una vez, Roberto no me rechazara, ni me abandonara, ni se olvidara de mi nombre. Si Roberto dejara de ser Roberto, ¿sería feliz o no tendría nada divertido que contar?

Al final, ¿es mejor tener un Roberto en casa que mil Robertos en un blog?