Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

lunes, 30 de mayo de 2011

El Blog del día Award

¡Chupate esta mandarina! Parece que el blog es tan irresistible como su autora y un buen señor quiso darle un premio. Bueno, asi que quiero agradecerle a APTRA, a SUAR por la oportunidad, a todos uds que me leen y comentan y a los Robertos que me tienen de un lado a otro, subiéndome y bajádome del caño. Gracias.
Acá me hicieron una escueta entrevistita, para que conozcan más sobre el premio El Blog del día.

domingo, 29 de mayo de 2011

Enamorología

¿Se puede enamorar a otra persona? Hace dos años que no me enamoro y ninguno de los hombres con los que salí desde entonces me ha generado ni una palpitación de más, ni un escalofrío por la espalda, ni un cosquilleo en la cachimba, ni un temblequeo en las rodillas. Nada. No sé si será que debo tomar más agua. Porque la verdad es que no llego a tomar los dos litros diarios debidos. ¿Será por eso? Dicen que el agua equilibra al cuerpo. ¿Estaré deshidrata de amor? Quizás necesite un Gatorade Love, con vitaminas y minerales esenciales, y un toque de éxtasis.

Siento que no importa lo que haga el otro, si no me chispeó de entrada, no hay forma que caiga bajo su encanto. Han probado enamorarme con poesías, cenas en restaurantes, cenas caseras, películas, juegos de palabras, flores, promesas de sexo estoico, pasándome a buscar en auto, en taxi o en colectivo. Y a todos les agradecí con una sonrisa correcta y un corazón indiferente, casi como muerto.

Pero lo mismo sucede al revés. He intentado conquistar a ciertos hombres, pero fue en vano. Recurrí a las minifaldas, a los pantalones, con botas altas, con sandalias, con tanga, con encaje, sin nada, con chistes zarpados, con inteligencia crítica, con timidez conservadora, con invitaciones locas, con propuestas clásicas; con sms obvios: “¿Nos vemos hoy?”, con sms subliminales “Ando con ganas”, con sms ambiguos “Hola”. Y jamás he podido volantearles el timón hacia mí. No les gusto, no les gustaré y no hay nada que pueda hacer.

¿Cómo funcionará el enamoramiento? ¿Puede uno enamorar al otro, o es uno mismo el que se enamora?

viernes, 27 de mayo de 2011

Piropeame, que no sé si me gusta.

¿Qué es el piropo? Realmente, ¿es algo lindo? O ¿una herramienta discursiva machista que cosifica a la mujer en un objeto de deseo?

Algo tan sutil y casi inofensivo como: “se te cayó un papel…. el que te envuelve, bombón”, quizás oculte los más perversos pensamientos sexuales, siendo ciertamente un agravio sexual, tan igual a: “cómo te rompería el orto, putita”.

A las mujeres, ¿nos gustan los piropos? Creo que no. Nos gustan los hombres. Es decir, un tipo feo, viejo y desagradable te dice: “adiós, belleza” y es un viejo verde. Viene un modelo Calvin Klein, y lo voy a ver como un Baudelaire porteño, aunque me hubiera rebuznado al oído “conchita rica”.

Piropo tiene un origen etimológico griego: pyropus, siginifica rojo fuego. Los romanos la tomaron y la usaron para clasificar piedras finas de color rojo rubí. El rubí simboliza al corazón y era la piedra que los galanes regalaban a la cortejada. Quienes no tenían plata para los rubíes les regalaban lindas palabras.*

Obviamente la historia fue haciendo uso y abuso de las lindas palabras y muchas veces terminan siendo, en vez de un halago que nos sube la autoestima, una wasada como esta que escuché en el subte: “voy a chuparte la concha hasta dejarte el flujo a punto letra”.

No es que me haya vuelto puritana, solo reflexiva sobre el poder oculto de las palabras de Roberto. Seguramente mañana se me pase, y me ponga esa minifalda roja para pasar por la obra de al lado a regocijarme con los piropos que me arrojen sobre mi upite galardonado.


Para los que no saben qué es el punto letra: es batir la crema tanto que se vuelve espesa y se pueden escribir letras con el batidor. O sea que el muchacho le pone empeño a la cosa.

*Fuente: http://www.proyectosalonhogar.com/Ejercicios/piropos.htm

jueves, 19 de mayo de 2011

Pies felices

¡El olor a pata que tenía era imposible! No podía creer que mis delicados y finos pies fueran capaces de generar tan pútrido hedor. Una pestilencia que no solo asfixiaba por las vías aéreas,era un veneno intravenoso. Es que salí tan apurada que no me puse ni talquito para pie feliz ni medias. Me calcé lo zapatitos negros y caminé veinte cuadras. Son los riesgos del cuero artificial: el pie no respira, y por ende, el resto tampoco.

Cerca del horario de salida del laburo me acordé que había arreglado salir con Roberto. Segunda cita. Ir con esta purulencia a cuesta no era una opción muy recomendada. Bastante que tuve que lidiar todo el día con mi aroma, que encima tendría que lidiar ser rechazada por un error táctico.

Fui al baño, me saqué los zapatos y analicé mis opciones. Eran tres.
1- Meter el pie adentro del inodoro, tirar la cadena para que el fluir del agua me los lavara cristianamente.
2- Sentarme en la mesada del baño y meter los pies en el lavamanos, rezando para que nadie del personal oficinístico entre y me encuentre en semejante situación impropia para un baño compartido
3- Ponerme desodorante de ambiente

Después de pensarlo mucho. Opté por el 1 y el 3. Cerré los ojos y metí el pie en el inodoro como la vez que metí los pies en la fuente de Sacre Couer en París. Con papel higiénico me sequé y los perfumé. NOoooooo, no pude meterlos. Me retraje a último momento. En realidad solo me tiré desodorante de ambiente y así fui a mi cita, con mis pies felices.

Cuando me senté en el subte para ir hacía el encuentro, noté que mis pies estaban rojos, muy rojos y tenía manchas blancas. Estaban hinchados. Muy. ¡Tenía flor de alergia! O sea, mis pies se bancaban en olor a queso, pero no el de pino de bosques, quedó claro. Después de diez estaciones, no podía ni pararme del dolor, la pesadez y la picazón. Salí como puede, arrastrándome por las barandas de la línea D, me tomé un taxi y fui a la clínica.

Horas después lo llamé a Roberto para pedirle disculpas por haber faltado, y acá estoy, escribiéndoles con las patas en remojo.
No sé cuál es la moraleja. ¿No metan la pata?

martes, 17 de mayo de 2011

Sopa de letras

“No juegues con la comida” me gritaba mi madre cuando era chiquita. “Entonces no me des letras, ¡dame un churrasco!”, le contestaba. Me tomaba el caldo y dejaba el contenido para escribir mis reflexiones. Aunque por lo general escribía el nombre de mi amante de turno: Roberto, y con el resto armaba malas palabras, que son las que más me gustan. Así crecí, jugando con las letras y ahora que soy grande sigo haciendo lo mismo.

Anoche me preparé una sopa e hice lo de siempre. Me tomé el caldito y mirá lo que hice con las letras.





A pedido del público, ya salió al mercado el imán sexual de Jennisima para la heladera!!!

martes, 10 de mayo de 2011

La enfermerita

Me dicen que el amor llega en el momento menos pensado. Pero para mí es imposible no pensar en él, ni esperarlo. Ni buscarlo, ni perseguirlo, ni acecharlo. Sin embargo, creo que los actos heroicos sí se dan en los momentos menos esperados.

Un día salía del subte, volviendo del trabajo, pensando en las malarias que corroen mi vida. Con la mente preocupada y enojada, caminaba ensimismada y a penas noté una situación particular en la calle: un cartonero sentado en el cordón de la vereda con el pantalón arremangado y lleno de sangre. La Kiosquera le hablaba.Así que me despreocupé y seguí de largo. Pero antes de llegar a la esquina recordé mi deber como cruzrojista. Tenía que ayudar al prójimo, después de todo, el curso no lo había hecho solo para conocer flacos. Así que volví. Le pregunté al cartonero qué le había pasado y me contó que se había cortado con un vidrio. La kiosquera se acercó, asumo que para ayudar en la desinfección de la herida, por eso traía un limpividrio en la mano. ¡Un limpiavidrios! ¡Pero señora!, el pobre hombre se va a desmayar del dolor si le tira eso. ¡Loca! “No, señora. Deje, deje”, le dije. Le pedí al cartonero que me dejara ver su herida. Era larga y profunda. No paraba de sangrar. Casi me desmayo. “Se fuerte”, me contuve para adentro. “Para algo sos rescatista”, me reafirmé. Me levanté y le dije “esperame que ya vuelvo”. Me sentí como cuando Clark Clent se iba a de la escena para sacarse la ropa y volver como Súperman. Entré a la farmacia. Compré gasas, agua oxigenada, cinta y guantes. De repente, esos 2 meses y medio de curso de sábado por la mañana me habían convertido en René Favaloro. Cuando volví, ahí me esperaba. Le limpié la herida y le hice un lindo vendaje. Nos saludamos cordialmente y nos despedimos. Sentí que había compensado mis últimas blasfemias, pecados y sexo ocasionales con esta buena obra que me había caído de sorpresa, casi como se supone que debería caer el amor.

Pasaron dos semanas y escuché que me gritaban: “¡Hola amiga!”. ¡Era el cartonero! “¿Cómo estás? – le pregunté- ¿y la herida? ¿Se te curó?”. Se arremangó para mostrarme la cicatriz. “Está bien, todo sanito”, me contó. “Qué bueno, me alegro. ¡Cuidate!”, le respondí y seguí mi camino con la calma del deber bien hecho.

¿Y me pueden creer que a la semana lo ví de nuevo? “¡Hola, amigo!”, le grité con la mejor onda, súper amigacha. Pero el tipo me miró desorientado. Ante su cara de desconcierto, dudé. Tenía bermudas así que busqué la herida en su pierna y no había nada. ¡Qué vergüenza! No era él. “Disculpá amigo, me confundí”. Toda colorada me fui. Eso me pasa por canchera, haciéndome la sensible social, saludando a cualquier cartonero. Me fui triste, me había emocionado con el reencuentro. Como si hubiera empezado a tener sentimientos por él. Como si lo extrañara.

Pasaron como tres meses más y hoy, en esa misma cuadra, escuché “¡Hola amiga!”. Me dí vuelta y era él: ¡mi amigo cartonero! Corrí de felicidad, lo abracé y le dije que nunca más me abandonara. Y como decía Humphrey Bogart en Casablanca, "Esperemos que este sea el principio de una larga amistad”.

jueves, 5 de mayo de 2011

El maleficio

Érase una vez, mucho tiempo atrás, en una tierra muy lejana, una mujer que no se enamoraba. Incapaz de dejarse seducir por los hombres, se encaprichaba buscándoles defectos. Una noche lluviosa, un anciano le golpeó la puerta y le pidió asilo. Ella le dijo: “No, viejo de mierda. Váyase debajo de un puente.” Entonces el anciano, se quitó las capas de ropa hedionda que tenía y se volvió un bellísimo hombre, bien esculpido y engalanado. Ella quedó pasmada y se acomodó las tetas para que balconeen sin pudor. Él le dijo: “por ser tan malvada y superficial, te haré un maleficio: adquirirás todos esos defectos que criticabas de los hombres que te querían amar”. Se quitó el flequillo de la frente con su mano rústica y la lluvia le hacía entrecerrar los ojitos azules. Se dio vuelta y se fue trotando, espléndido, bajo la lluvia.

Ella cerró la puerta y se enfrentó al espejo. Se vio tan hermosa como siempre y desestimó las palabras del viejo que en realidad era hermoso. Pero a la mañana siguiente, ¡mama mía! ¿La belleza? Bien, gracias. Su dentadura perlada y radiante estaba íntegramente podrida, amarillenta, cariada y torcida. Su tez, su tersa y sedosa piel, estaba dinamitada por granos efervescentes. Su cuerpo curvilíneo y fibroso, se volvió fofo, grasoso, oleaginoso, merengoso y blandengue. Su cabellera brillosa y caudalosa, se deshojó hasta quedar calva. No tuvo otra opción más que volverse una mina simpática, generosa, dulce e interesante porque ya no podía contar con su belleza y su divina pelotudez. Pero no sabía cómo y eso la desesperaba.

Un día arrastrándose sobre el lodo de la fealdad, se cruzó con el Hermoso que le había arrojado el maleficio. Se le abalanzó para pedirle redención. Le suplicó “dame mi belleza de nuevo”. Y él le dijo: “te la devolveré, si me haces un pete”. Ella se sorprendió, cómo iba a pedirle eso con lo horrible que era su boca, bordada con ampollas y aftas. Él le apoyó la mano en su cabeza con plena dulzura y una mirada tierna. Ella se arrodilló. NO lo hacía desde que era linda, pero dejó a su instinto fluir.

En un acto de sublimación, ella se entregó con pasión, pensando solo en darle placer a él y se olvidó de su ser, de esa vanidad que alguna vez existió. Tragó hasta la última gota de su belleza, pensando que así recuperaría la suya. Entonces, sucedió. Ella no se volvió más bella y a Roberto no le importó porque fue el mejor pete de su vida.
Colorín, colorado, este cuento ha acabado.