Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Voy a acabar con el 2012


Voy a despedir al año garchándomelo como a Roberto. Sí, leyeron bien. Voy a cogerme a este año como se merece. Lo voy a despedir a los gritos, rasguñándole la espalda peluda. Clavándole las garras mal pintadas. Estacándole los tobillos en la cintura para marcarle el ritmo al son  del rock and roll que quiera. Mordiéndole el cuello como un vampiro con dientes de acero para hacerlo desangrar, como él lo hizo conmigo.
Voy a cogérmelo del mismo modo como lo viví. Primero abajo, dejando que me la meta despacito, hasta arrancar el ritmo. Después voy a ir arriba, para mostrarle quién manda, que soy yo quien dice lo que voy hacer con cada uno de mis días. Pero el año no se deja mandonear, el muy guacho, y me va a poner en cuatro, y así me va a tener varios meses. Justo cuando le encuentre el gustito, me va a alzar y mirándonos a los ojos vamos a llegar juntos en una hermosa pose hindú en donde los dos nos sentimos cómodos, plenos y satisfechos. Es decir, Jennísimos.

Cójanse al 2012 y no lo llamen más. Empiecen una hermosa relación con el 2013 y séanle fiel, al menos, lo que dure un año.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Roberto Transitorio y sus gastos supérfluos


Nunca fui a un telo. Nunca nadie me llevó. Siempre anduve con Robertos con quinchitos en el fondo de la casa, altillos, casas quintas abandonadas o con autos que se prestaban como recintos de copulación, altares de mis primeros orgasmitos.

Ahora vivo en mi propio atelier del arte de la fornicación y mantengo en vilo esa curiosidad. No tanto por cómo será un albergue transitorio, sino por el sentir que alguien sea capaz de  pagar una  buena cantidad de guita por un lugar solo para revestirme el interior con amor y pasión.

Una vez, un amigo me contó que se gastó un aguinaldo entero por estar dos horas con una minita, que encima después nunca más vio. Y pensé, ¿qué habrá tenido esa chica que valiera un aguinaldo? ¿Acaso yo no lo valgo?

Otra vez, una amiga me contó que ella aceptaba que la llevaran a telos solo si eran caros, lo cual le valió el apodo de “conchita de oro”. Y ahí me cerró una idea. Me di cuenta que yo también quiero ser “conchita de oro”. Hasta ahora mi mentalidad trotskista  regimentada por la facultad de sociales de la UBA, me llevó a actuar siempre igual “para qué poner guita en gastos supérfluos, si lo que importa es la conexión de nuestros espíritus encarnados”.

¡Basta de este socialismo que hoy se lleva un impuesto a mis ganancias pedorras! ¡Quiero ser conchita de oro! ¡¡¡ CONCHITA DE ORO!!!

Roberto, la próxima vez que me quieras llegar al corazón desde el útero, vas a tener que ponerte.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pinceladas


Amanecí con su lengua pincelando la cúpula de mi pezón. Como un artista dedicado cubrió con su mística cada poro de mi piel. Recorrió su circunferencia muy delicadamente para no salirse de la raya. Eligió colores pasteles  que combinaran con la dulzura de mis palabras perversas. Esas que le digo al oído para estremecerle el inconsciente y ensuciarle la ingenuidad.  Luego se abocó al relleno. Empastó con saliva mi piel erizada. Con la intensidad de los impresionistas fue dejando huellas de su trazo.  Con la misma lengua, pero poniéndola finita y dura, retocó el vértice de mi seno con pintitas de un color más oscuro. Oscuro como mi deseo de ser arrollada por su desenfreno y esa hombría que se despoja de humanidad y se vuelve salvaje y animal.
Amanecí entre lienzos de una calentura con aires de amor. Amanecí hecha una obra de arte.

martes, 4 de diciembre de 2012

La misteriosa aparición


Hace 27 horas que encuentro papelitos que dicen “TE AMO!” por donde sea que vaya. Mensajes que no discriminan rincones, espacios, ni recovecos.  Están por todos lados, por donde me mueva hay uno. Están escritos en pedacitos de servilleta blanca, con tinta azul y en letra mayúscula. Son chiquitos, del ancho de tres dedos de la mano juntos. Son montones, como si se hubiera abierto la puerta de una fábrica de papelitos de Te amo y el viento los hubiera desperdigado por mi mundo.  

Fue cuando abrí la puerta del lavarropas para meter la ropa sucia que encontré el primero. Segundos después,  me llamaron por teléfono, levanté el tubo, y ¡zas!, otro más.  A quién se le hubiera ocurrido dejar uno en la huevera de la heladera o en el fondo del porta sachét de leche.  

En media hora encontré quince, en cinco horas noventa y ocho. Los fui juntando en un plato sopero que después se transformó en una olla de fideos y más tarde en una olla de guiso popular. A las doce horas sumé un balde, tres cajas de zapatos y una valija. Aparecen en las macetas de las plantas que riego, dentro de las medias que me voy a poner. Como si el espíritu del amor hubiera pasado esparciendo su mensaje. Cuando encendí el ventilador me escupió ¡siete más! Encima todos dicen lo mismo: “TE AMO!”. Ni una variación, salvo el lugar donde se esconden. Hace instantes me fui a lavar los dientes y del pomo salió otro más. Había uno sobre el despertador, entre las toallas dobladas que uso para secarme, en la jabonera, adentro del placard, en los bolsillos de mis pantalones. Cuando abrí la computadora, me sorprendió uno sobre el teclado. En los rincones más insólitos: dentro de la azucarera, en la cubetera hecho cubito de hielo y hasta enroscado en el sacacorchos.

Ya van dos mil quinientos papelitos. Dos mil quinientos TE AMO!  ni sé cómo aparecen. Lo más sospechoso es que algunos vuelven a aparecer en el mismo lugar en donde ya estuvieron. ¡Se reproducen delante de mis narices!

¿Qué carajo le pasa a Roberto? Dos semanas sin aparecer, ni un llamado y ahora hace esta pelotudez. Muy lindo todo el romanticismo servilletil y la sorpresa emotiva. Pero no tengo tiempo de ir juntando papelitos si no te vas a hacer cargo del mensaje  Asi que ¡vení a juntarlos vos! y si te quedan ganas, acá tenés  un mensajito, eso si, vas a tener que meter  la mano  un poquito más adentro :P

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Desnuda

No te doy la espalda. Te estoy dando mi mejor parte.





lunes, 19 de noviembre de 2012

La espera es solitaria

Hay un cuento que se termina solo. Es un libro que sale de su estante, se posa sobre el apoyabrazos del sillón, se abre y se lee a sí mismo. Se moja la punta los dedos para pasarse de hoja. Una por una sin saltearse ninguna y se halaga por lo bien escrito que está.  Se devora sin pausas porque le resulta una historia apasionante.  Se emociona y se angustia  porque le  llega el final inevitable. Se cierra, se acaricia la tapa con cierta melancolía y vuelve a su lugar: a la biblioteca de libros que nunca leíste y que esperan a que lleguen las vacaciones  para que lo elijas y lo llevés a la playa.


lunes, 12 de noviembre de 2012

El verdulero que no tira fruta

Siempre creí en el beso como entrada al amor. ¿Ingenua? Prefiero decir pelotuda.  En los boliches me seducían con el más simple y burdo chamuyo y yo caía en su trampa como quien mete las patas el mar cuando camina por la orilla. Inevitable.  Creía en la magia del beso.  Pensaba que  Roberto sentiría mis labios y  a través de ellos mi alma. La fantasía de creer que se puede conocer de golpe a un ser humano por el micro segundo en que sus labios chocan con los tuyos. Recuerdo una vez, un beso delicioso. Amé a ese Roberto durante semanas, lo perseguía incansablemente y solo porque el trago que él  había tomado me había dejado rico sabor en la lengua.  Mi ecuación descerebrada era: besa rico gusto= hombre bueno=excelente novio/esposo


Después dejé de creer en los besos como sinónimo de “encantamiento hasta que la muerte nos separe”, y adopté una nueva: “Coger es la entrada al amor”. ¡Brillante! Esta sí que no fallaría. Pensaba que Roberto se daría cuenta que no soy de las minas que son para coger y listo. Pensaba que el hecho de que yo cogiera en la primera cita sin resistencias tendría otro significado conmigo. Siempre me sentí especial, ¿vistess?  No hace falta que les cuente cómo me fue. Pueden leer todo el blog para darse cuenta de que esta creencia tampoco me funcionó. Por eso, cuando ayer entré a la verdulería y leí este mensaje en los duraznos, me enternecí. Me sentí un durazno más en esa caja. Ellos eran yo. Yo, ellos. Su desesperación, su entrega absoluta por el otro (sin importar quién era ese otro).  El pedir a gritos, ¡no me dejes machucada o mordida, hijo de puta! Me tocaste, me besaste, me manoseaste, me estampaste, me estrujaste. El hecho de que en esa verdulería pudieran decir en voz alta lo que siempre sentí, me hacía llorar.  "Si me apretás me llevás", ¿me entendés Roberto?



Entonces, hice lo que debía. Me las llevé. A todas.
¡Ahora están todos invitados a tomar daikiris de durazno en casa!

jueves, 1 de noviembre de 2012

El sable del abuelo


Dicen que las últimas palabras de un hombre en su lecho de muerte son reveladoras para quienes quedan en este mundo terrenal. Mi abuelo me contó dos historias, transmitiéndome un mensaje que aún no puedo descifrar y que quizás me lleve toda la vida entender. O no. Quizás un lector con poderes trascendentales me ayude.

La última semana que mi abuelo Toto vino a verme a casa, nos sentamos en el jardín, apoyó su bastón contra la pared y me contó de aquella época en que iba al Liceo Militar, por el año cuarenta. Lo habían dejado de guardia, un fin de semana, ni las moscas pasaban por ahí. Y claro, cualquier pendejo de 17 se embolaría y buscaría algo para hacer. Mi abuelo, el primer Roberto más Jennisima que conocí, vio de lejos una yegua y del otro lado del alambrado, un burro.

La yegua pertenecía a un Sargento y el burro, no sé. Mi abuelo tuvo la ocurrente idea de cruzarlos. Los fue acercando hasta que el burro y la yegua estuvieran tan cerca que pudieran montarse, pero por alguna razón el vigoroso miembro del burro no llegaba a la altura de la “carterita” de la yegua. Entonces, mi abuelo, sacó su espada, el sable de San Martín que llevaban por decoración en su uniforme, y la usó para maniobrar de lejos el porongón del burro y darle la altura hasta que entrara en la vashaina de la yegua ardiente. No va que aparece el Sargento para cabalgar a su yegua y se encuentra con que su animal de pura sangre y estirpe de alta alcurnia estaba siendo montado por un vulgar y parasitario burro.  Mi abuelo fue a parar al calabozo por tres días, por ¡deshonrar el sable de San Martín!

Esta podría ser una anécdota más, sino fuera porque en sus últimos días de conciencia en el sanatorio, me dijera lo siguiente:

“Jennita, no te apures, ni te duermas. Hoy en el amor todo es distinto a mi época. En mi juventud, si conocías a una mujer que ya había sido desvirgada, era casi como si te arrancaran los ojos. Hoy si conocés a una mina que todavía es virgen, algo malo debe tener.” Y ahí vino la enfermera y me echó.

Me quedé pensando, ¿mi abuelo pensará que soy virgen y que necesito un burro que me monte a través del alambrado? ¡Si supiera que estoy más perforada que la Patagonia!  A través de estos mensajes, ¿estaría mi abuelo queriendo ser el sable de San Martín, para ayudarme a dar el pasito para entregar mi “telita” y relinchar como la yegua del Sargento?





jueves, 25 de octubre de 2012

Culpable


Todos hablan de los beneficios de andar en bici. Que es ecológico, que ayuda a aliviar el tránsito, que nos hace bien a  la salud, que si agarrás una calle empedrada y llevás puesto un jean tenés un orgasmo de dos cuadras, etc. Pero todos callan los riesgos y peligros, como el que me pasó hoy a la mañana.

¡Detenida en la comisaria cuatro horas! Y no por andar gimiendo, tocándome las tetas mientras pedaleaba por el empedrado de Defensa y Venezuela. ¡Por intento de robo de órganos!

A las 9 de la mañana llegué a Retiro en mi bici dispuesta a tomar el tren a Tigre. En el intento por pasar la zona de lo molinillos, me dirigí a la puertita donde una horda de pasajeros que recién bajaba del tren venía en contramano y no me dejaba pasar. Tuve que imponer autoridad y metí la bici para avanzar, pero ellos no se detuvieron y en el umbral de la puerta forcejeamos para ver quién lograba pasar. Cuando lo logré, a los 3 pasos, la palanquita del freno de la bici se le mete en el ojo a un niño de 6 años. La criatura rompió en un llanto desconsolador, tapándose la cara. La madre intentaba seguir avanzando en la multitud. Yo no podía seguir como si nada y tomarme el tren. Me detuve. Di la vuelta. El guarda lo vio todo. Vio como mi freno se metía en globo ocultar del nene, haciendo palanca para sacarlo, como una cuchara metiéndose dentro en un huevo pasado por agua. Logramos salirnos de la multitud, el nene se sacó la mano y ¡vi el horror!

El ojo estaba salido. Como sostenido  por un resorte. ¡Sangre! ¡Gritos! ¡Policía! ¡Ambulancias! Y yo detenida. Y ustedes se preguntarán por la bici. La bici la dejé tirada en Retiro.  Seguro me la robaron. Qué macana. 

martes, 23 de octubre de 2012

Newsletter

No es porno, no es un virus, es... Jennísima por mail.
Bueh, sí, quizás se aun toque de porno ;)
Meté tu mail en la columna de la derecha, arriba de todo.
Gracias!!


viernes, 19 de octubre de 2012

La bondad

Él es tan bueno conmigo, que me contagia su bondad y me hace mejor persona. Siento que al besarlo me traspasa un aliento de bondad que cubre todos mis vacíos y me convierte en una mujer cálida, generosa y comprensiva. Creo que cuando logre ser tan buena como él,  voy a dejarlo.

jueves, 18 de octubre de 2012

Plan canje

Cambié mis ganas de viajar y conocer el mundo por quedarme en la cama, debajo de las sábanas para seguir descubriéndote.

martes, 16 de octubre de 2012

Nadie le pidió la mano



 Juana Elvira es soltera y obesa. No sé qué es peor para la sociedad de hoy. Además, es maestra de literatura y tiene 57 años, un partidazo. Aunque no siempre fue soltera, ni obesa. En este tipo de historias, las mujeres eran esbeltas, flacas, altas y bellas hasta que conocen a un Roberto hijo de puta, que primero les deforma el corazón y después el cuerpo.

Juana Elvira estuvo 25 años de novia con Roberto, quien nunca se animó a pedirle la mano para contraer matrimonio. El miedo irracional que le generaba  saber la razón  de trasfondo de esta conducta, la llevó a no preguntar ni presionarlo. Roberto ya estaba casado. ¡Esa era la razón! Tenía otra familia en Córdoba.  Su verdadera mujer le había pedido que no viajará más a Buenos Aires cuando Mirtita, su cuarta nena  de sus sietes hijos, estaba moribunda. Ahí él decidió dejarla a Juana Elvira para siempre.

Juana Elvira se abocó a la literatura y se comió toda la biblioteca, tomos enteros de comida intelectual y orgánica (claro está, el morfi la llevó a este sobrepeso).  La depresión se transformó en odio y el odio en vandalismo. ¿Vandalismo? Sí, Juana Elvira ahora roba manos. Mutila las estatuas e instalaciones artísticas de la ciudad. Y las guarda en su casa.  Es su revancha porque nadie nunca le pidió la mano. Me las mostró, están en repisas. Tiene montones de manos derechas de Olmedo y Portales. El gobierno insiste en reponerlas, ella insiste en cortarlas. Me contaba que su próximo paso es ir por las de Perón.

Siempre me pregunté quién las tendría. Ahora lo saben, una mujer soltera, dolida  y abandonada.

jueves, 11 de octubre de 2012

El amor me arruinó el blog


Siento que perdí el encanto. Esa magia que me hacia ridículamente especial, se fue. Se fue en cuanto le dije “te amo” y él me dijo “yo  también”.  En realidad él me dijo “Te amo” y me quedé en silencio pensando: “finalmente me está pasando. 31 años, 15 diarios íntimos y 320 post  después, un Roberto por motivación propia decidió quedarse a mi lado”.

En ese instante me volví normal. Seguro que en cualquier momento me va a encantar ir de shopping y decida hacerme el alisado definitivo.  ¡No! ¡No!

¿Qué hago? ¿Boicoteo mi más bella relación para volver a caer en la gracia y esplendor creativo de la malaria sentimental?

¿Acaso tener constante acceso al tenedor libre del sexo, a su más delicioso menú de poses y caricias es la debacle de este blog?

La felicidad del amor me ha vuelto comunarda. Voy a tener que pedirle a Roberto que sea un poco más guacho, que me amenace cada tanto con que me va a dejar, que le mire las tetas a las minas en la calle y me codee: “¿cuándo te las vas a hacer vos?”. Necesito que Roberto me coja y se vaya a hurtadillas mientras duermo, que no me responda el whatsapp y me torture porque sé que me leyó y no quiere responderme. Quiero que Roberto me prohíba salir con mis amigas, que me pida que le planche, que no me ayude lavando los platos. Cualquier cosa que me obligue a dejarlo para volver a ser desdichada.

No sé, no sé. No sé si prefiero que las ideas me abandonen o que lo haga Roberto.

jueves, 4 de octubre de 2012

Por culpa de la menstruación sincronizada…


Les voy a decir algo. Algo que descubrí por trabajar en una oficina con muchas mujeres. Algo que nadie dice y les va a parecer asqueroso. Ya las conozco  a ustedes, lectoras mías. Pero háganse mujer y lean hasta el final.

“En la oficina, no hay que decir nunca cuando una está indispuesta”. Ese es el consejo. Porque siempre hay otra u otras que también lo están, (es por esta magia hormonal de la sincronización del período). Y una, es prolija e higiénica con sus secreciones y material femenino, pero las otras no.  Y no queremos que nos adjudiquen la cochinada ajena, ¿ok?

Si una va y comenta, “ ¡Hoy me re vino! Estoy feliz, tenia 20 días de retraso y me estaba por empezar a preocupar”. Esta compañera a la cual le comentamos el hecho, puede ir al baño, encontrarse con el HORROR y pensar: “Jennísima me dijo que estaba indispuesta. Este acto sanguinario pertenece a ella.”  Este silogismo aristotélico universal puede hundirnos en la categoría de “la sucia” o “La asquerosa”, ¡sin merecerlo!

Entonces, evitad comunicarlo y así limpiarán su dignísima feminidad menstrual  pese a que la verdadera sucia seguirá zafando bajo el anonimato.



martes, 25 de septiembre de 2012

Cuerpo en llamas

“Jamás subestimeis la calentura de una mujer”, decía el versículo segundo del sagrado libro de las religiones ocultas. “Porque ese cuerpo ardiente se hará llama y esa llama podría quemar tu ropa”.

Después de un fin de semana apasionado con Roberto, me levanté como extrañando un matutino. Sentía las hormonas revolucionadas y el sexo en huelga, enojado, a punto de quemar ruedas y cortar el camino de las trompas de la Falopio si no tenía algo de satisfacción.

Pero dado mi cansancio los ignoré. Me puse la bata y prendí la hornalla para la pava. Mientras esperaba a que hirviera, fui guardando los platos secos y empecé a oler a humo. Humor negro salía de algún lado, pero no me daba cuenta de dónde. Apagué inmediatamente la hornalla, sin embargo empecé a sentir un calor por mi entrepierna y más humo.

Fue un instante en que miré para abajo y ¡yo estaba en llamas! Literalmente. Veía mi bata encenderse como un papel en un fogón. Era de entender, Roberto me había estado llenando el tanque dos días seguidos. ¡Estaba más que inflamable! Me había surtido con súper, diesel, gasoil y esas nuevas Super Power V3. Tenía todo un yacimiento petrolífero en mi interior.

Ni bien me había acercado a la pava, sácate, el cinturón de la bata agarró mecha y me estaba quemando viva como una bruja de Salem . Mis pecados ardían junto al 60% algodón mezclado con 40% de polietileno.

Raudamente me saqué el desabillé y lo arrojé al piso para pisarlo y sofocarlo. El fuego fue abatido y mi cuerpo salió ileso. Las consecuencias pudieron haber sido catastróficas. Pero por suerte estoy viva para transmitirles este mensaje: “si os levantáis quenchi, haceos la paja, pues sino os prenderéis fuego”.
"Todo lo negro era fuego llamará". Nótese la cercanía con mi zona pecadora.

viernes, 21 de septiembre de 2012

¡Feliz primaverga!

Arrastrá la semillita a la maceta y mirá lo que florece.





A pedido del público. Renovamos un hitazo primaveral.
Gracias a Leri y a Fede por hacer germinar mis ideas.

lunes, 17 de septiembre de 2012

El placer de viajar


Ay, el encanto de viajar.  La magia de imaginarse en un más allá, elegir cualquier  vuelo… hasta que ves que podés conseguir un pasaje por 300 dólares menos, por  10 horas más de vuelo y las 15 opciones se limitan a la más tobara. Confiaba en que mi decisión había sido la correcta: 45 horas de vuelo, pero el precio ¡una ganga!

Llegó el día de embarcar y a la tercera hora del viaje  sucedió la gran catástrofe. Hubiera preferido que se rompiera una turbina o que cayeran las máscaras de oxígeno. Pero no.  Fue la muerte en vida en altura.

 Hay dos ubicaciones preferenciales en un avión: primera y viajar en turista pero en la primera fila, donde está la salida de emergencia y tenés todo el espacio del mundo para estirar las piernas y nadie adelante que te joda con el subir y bajar del respaldo.

Como tengo suerte, pero no tanta como para ir a primera. Me tocó en la salida de emergencia. El detalle a tener en cuenta es que como no tenés un respaldo delante, el visor de la tv está escondido.  Enganchado a un brazo metálico que se extiende y se guarda en el apoya brazo. Ni bien me senté, desconocía el paradero de la tv y temí pasar las siguientes horas del viaje sin poder ver una peliculita, anque despatarrada como rana atropellada.  Miré a mis vecinos de fila y descubrí el artilugio con felicidad. Intenté imitarlos, sacarlo y desplegarlo, pero no era tan fácil como parecía. Tironée, forcejée, torcí, hasta que me quedé con la pantalla en la mano. ¡La pantalla sola! y todos los cables colgando.  ¡La concha de la lora, la rompí!

Si mi intención había sido ahorrarme 300 dólares, este se había transformado en el viaje más caro del mundo. ¿Cuánto me costaría una tv de avión? ¿Me harían compensarlo comprando todo el carrito del duty free? Vi que pasaba una azafata y metí el visor en su escondite, como quien esconde un pecado cuando pasa por una iglesia. Empujando los cables como ocultando un cadáver.  ¡Era terrible!  Terrible, no solo por el costo, sino porque no vería ni una película y me dedicaría las siguientes 40 horas a pensar en todas las consecuencias dramáticas que me ocurrirían al ser descubierta.

Sin tv, me leí la apasionante revista del avión hasta memorizarla: su columna en español y su traducción en inglés. Repasé miles de veces las medidas de seguridad, hasta que decidí pasear por los pasillos y... ahí lo vi. Era hermoso, estaba relajado, disfrutando su película, el flequillo con la caída perfecta, rubio, ojos celestes (la cursilería del hombre simil Brad Pitt que me derrite, tanto como el canoso), las manos grandes y la sonrisa de estar viendo una comedia romántica. Y ahí comenzó todo,  porque como dice el dicho: “si rompés la tv del avión, hacete tu propia película con un pasajero hot”.  Fui y vine cientos de veces, para que me viera. Pero no lo hizo, estaba concentrado en su pantalla. Pasaban las horas y me seguía ignorando.   Tenía que hacer algo drástico. Volví a mi asiento, agarré lápiz y papel y le escribí un mensajito: “Uff,  45 horas de vuelo  y vos y yo sin hablarnos  :)  15F”.  Cuando fue al baño se lo dejé en su asiento. Volví a mi lugar y esperé. Esperé tanto que me dormí.  

No sé cuanto había pasado, pero sentí a alguien tocarme el hombro y me desperté. Una mujer. Me dio el papelito y tenía una respuesta: “No te preocupes,  faltan 3 horitas. ¿Por qué no te ves una peliculita? 22 D. le mujer del 22 F ”.
Ahora sí, con el televisor y el corazón roto, solo me quedaba llegar a destino y que me hicieran pagar todo, para dejarme también, con el culo roto.

martes, 11 de septiembre de 2012

Oh la pelotuda
















Por suerte compro todas mis bombachas en Farmacity y no son sexys, porque así puedo llevar a cabo mi macabra intención de ser copulada una y otra vez en la primera cita.

¿Por qué no podemos vestirnos como queremos? ¿Por qué una bombacha o un corpiño pueden dar un mensaje demasiado liberal capaz de espantar a un hombre? ¿Por qué un hombre no nos respetaría si tuviéramos una tanga y para peor, ¡si quisiéramos tener sexo en la primera cita!?

¿Por qué las revistas de mujeres nos siguen adoctrinando como si estuviéramos en la década del 20? ¿Por qué debería sentirme en offside cada vez que leo este tipo de artículo y pienso "con razón estoy soltera, ¡hago todo mal!"?

Ya sé, ya sé. Entre tantas preguntas, ustedes dirán, ¿por qué leés estas revistas?
Mi respuesta es porque soy mujer, profesional, liberal, moderna y curiosa. ¿No dice Oh la lá que le habla a la mujer de hoy, con todas mis características?

Si quieren indignarse como yo, lean esta instructiva nota y siéntanse valoradas, dueñas de sus ganas, libres de ataduras machistas y de los prejucios de Remedito de Escalada.


martes, 4 de septiembre de 2012

Dame vuelta


¡Roberto, la tenés chiquita!
Mentiría si digo:
Quiero que me hagas el amor ya.
Es así.
¡Sos una tristeza en la cama!
Jamás pensaría
Acabar una y mil veces con vos.
Cierro los ojos para
Imaginar algo mejor.
Es  imposible
Lo siento pero debo decirte la verdad.

Ahora leelo de abajo hacia arriba

jueves, 30 de agosto de 2012

Pa ´ adentro y pa ´ fuera


De la boca para afuera somos todas Pamela Anderson. Perras. Las más osadas, experimentadas, descaradas y entregadas. Todas tenemos orgasmos sopranos, de esos que rompen la cristalería de Baccarat que ansiamos heredar de la abuela. Todas conocemos nuestros cuerpos sin pudor y lo aceptamos con madurez y amabilidad.

De la boca para adentro somos unas boludas. Lo hacemos con la luz apagada para que no nos vean las estrías, los granos o la celulitis.  La chupamos rápido como para que Roberto no se queje, pero nos da vergüenza, y qué vamos a andar gritando como locas, ¿para que los vecinos nos escuchen?

¿Por qué será que tenemos un "de la boca para afuera" y "de la boca para adentro" ? ¿Cuándo uniremos lo que pensamos, queremos, sentimos y decimos?

martes, 21 de agosto de 2012

En la salud como en la enfermedad

Te deseo. Te deseo sanamente, pero más enfermamente.

Te deseo cuando tengo fiebre, con este calor que me brota de no sé dónde y me hace delirar. Te deseo con el termómetro debajo de la axila, llena de antibióticos incapaces de matar este deseo. Te deseo cuando tirito, acurrucada debajo de estas cuatro frazadas y pijamas transpirados. Te deseo rodeada de tazas de té con los saquitos fríos y estrujados. Te deseo con la carraspera que termina en un deseo carrasposo. Te deseo entre baños de vapor dibujando corazones en el espejo empañado.

Y cuando estoy sana, te deseo hasta quedar de cama.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La culpa es del culo


Jamás culparía a una minifalda. Jamás. Cuando se la puso pensó en lo lindo que era estrenar ropa, que tenía onda y sí, que le quedaba divina porque resaltaba sus atributos más opulentos.

Pero jamás la culparía. Así como nunca culparía al auto,  ni al arma. Porque las cosas no tienen la culpa. Quizás son resabios de la infancia, de cuando uno se golpeaba con la mesa y mamá decía: “¡mesa mala que golpeaste a mi hijita!”. ¿Qué culpa tiene la mesa si una es la torpe?

Ella salió de su casa, no sé hacia dónde. Eran las siete de la tarde. Caminó dos cuadras hasta la avenida y esperó a que el semáforo le cediera el paso. Un auto a toda velocidad emergió de un horizonte para fugarse por el otro. Pum, pum, pum, pum.

En el tercer disparo, ella gritó “¡Ayyyyy!” y se cayó al piso. ¡La mini recién estrenada, carajo! Tenía un agujero en una nalga y sangre. “¿Me balearon en el culo?”, trató de entender.  De orto no le había entrado en el orto. El susto no impidió que la gente de alrededor se acercara y la ayudara.

“Y claro, mirá la pollerita que llevaba”, escuchó. Ahí supo cómo iba a desarrollarse el resto del cuento. El mismo que atraviesa la que fue violada y  abusada. Algo habrá hecho. Un gesto que insinuaba un deseo de ser ultrajada.  Como si andar en pollera fuera sinónimo de andar con un blanco para apuntar con un arma, un juego de kermesse. Seguirían más prejuicios luego de que a la pregunta: “¿a qué te dedicás?” del policía libidinoso le siguiera un “Bailarina de comparsa”.  En la sala de espera fueron llegando más víctimas de estos locos armados jugando a los vaqueros desde su auto. Pero fueron recibidos con más seriedad, ya que el balazo lo habían recibido en el ojo o en la mandíbula. Ellas no recibieron comentarios como: “Con ese culo, más que un balazo, le descargo toda la metralleta”.

¿Qué le quedaba por hacer? ¿Tendría que usar pollera larga hasta los tobillos o jogging por el resto de la eternidad para no tentar al cazador impulsivo de mujeres?

Con la bala en un frasco en la mesita de luz, se levantó de la cama, abrió su placar y eligió un catsuit azul metalizado que le calzaba  como un guante, divino. Así de despampanante abrió un cajón que tenía bajo llave y sacó un arma. Salió de su casa, llegó a la avenida y empezó a disparar hombres. Total, hay que estar loca para usar un catsuit azul metalizado con este frío. 

miércoles, 8 de agosto de 2012

El GRAN O


Porque cada una lo siente a su modo, hoy lo celebramos todas.

martes, 7 de agosto de 2012

¿Dónde está, Doctor?



Descartes dijo que el alma estaba en la glándula pineal.

Y pienso, dónde estará el amor. ¿En una glándula o en el corazón? ¿Dónde?

Hay noches que pienso que el amor está en el cerebro junto al orgasmo, en el hemisferio derecho. Enredado por ahí. Naciendo de los chispazos de las neuronas haciendo su sinapsis.  Otras noches creo que el amor es una emoción, como el miedo o la culpa y es producto de la psiquis. 

Quizás sea como la fiebre, una respuesta adaptativa que ayuda al cuerpo a combatir la soledad. Cuando nos sentimos muy solos, sube el amor y nos enamoramos del primero que pasa.

O quizás sea como un moretón. Y el amor es una micro hemorragia interna que aparece como resultado del golpe de la belleza del otro.

Sea como sea, el amor es algo que está en nosotros y de repente se despierta, se manifiesta y uno medio que no sabe qué hacer, si tomar un Ibupirac para que se pase o salir en pelotas con este frío para que no se vaya nunca.

jueves, 2 de agosto de 2012

El riesgo de ser Eco-friendly


Tengo una amiga que es ecologista desde hace muchos años, cuando no todos conocíamos bien qué implicaba ese término, sobre todo cómo nos afectaba en los hechos cotidianos. Vamos al caso, el doble tacho de  basura.

Hace 7 años atrás, mi amiga tenía dos tachos de basura. Mi lectura sobre el hecho: tira muchas cosas y necesita dos cestos porque le da fiaca andar sacando todo el tiempo la bolsita afuera. Pero en realidad, en un tacho tiraba lo orgánico y en el otro lo inorgánico. Luego, lo orgánico lo tiraba en un pozo en su jardín para armar un compost, que luego usaría en su huerta para darle más nutrientes a la tierra y tener una mejor cosecha. Pero yo no sabía nada de todo esto.

Un día fui a su casa a almorzar y necesitaba ir al toilette para remplazar el sistema de contención fluvial, llamado tampón.  Noto que no existe en el recinto un pequeño tachito, por ende envuelvo el apósito bien, pero bien envuelto en papel  y lo llevo a la cocina, donde recordaba haber visto, no uno, sino dos tachos de basura, y ahí tiré el paquete. Sin saber si era en el tacho correcto o no. Adivinen. Como después me tocó hacer las ensaladas, todas las sobras las tiré en el mismo recipiente cubriendo el apósito con lechugas machucadas, cáscara de palta, de pepino, de zanahoria,  sin dejar rastros a la vista del  intruso.

Por ende, imagino que todo eso fue a parar ¡al compost!  y para peor, ¡a la huerta!

Durante los meses siguientes, luego de haberme enterado para qué servían los dos tachos, tuve que convivir con el conocimiento de que cada vez que comíamos ensaladas provenientes de su huerta, estábamos también, comiendo un poquito de mi ser.

lunes, 30 de julio de 2012

Cuerpo tomado


Me levanté y allí estaba. Algo atragantado. En la garganta. Lo siento moverse tratando de llegar a  la punta de la lengua. Quiero tragarlo, bajarlo. Tomo agua, pero no quiere. Quiere ser expectorado, escupido, gritado, cualquier cosa, pero quiere salir y no quiero. No estoy lista o quizás sí, pero tengo miedo.

Va a salirse con la suya, seguro.

 Va a escaparse, si me abraza un poco más fuerte de lo común, con la exhalación. O cuando se me acueste en encima y me arrime su volcán de fuego. Va a prenderme la mecha y se lo voy a gritar al oído. ¡No! Debo evitarlo. Quizás ocurra de otro modo. Cuando yo esté encima de él, cabalgando su espíritu salvaje y se me confunda cuando quiera decirle: Arre, arre. ¡No!, debo callar. Taparme la  boca con un trapo.
Qué se yo. Va encontrar el modo de salir, cuando subamos al colectivo y pida: “dos de uno veinte y...”; o en la panadería “media docena de factura y un…”. Ay, casi, casi, se me escapa ahora.  Voy a dejar de escribir porque lo siento bajar por mis brazos, va a adueñarse de mis dedos, va a escribir por mí. ¡No! ¡No! ¡Salí! Volvé a la garganta, salí de mis dedos, de mis cuentos, nnodeihw{ofrbgr teeeee qqqqqqqqqqqqqqqqu

viernes, 27 de julio de 2012

Dejársela roja.

  La soltería perenne tiene miles de cosas lindas, pero vayamos a las malas: no tener secso por largos períodos de tiempo. Por supuesto que hay noches en que nos sentimos lindas y viene un pito con Roberto incluido y nos damos una alegría. Pero siendo honestas, a veces el hambre se alarga por semanas y meses y a mi me pasa que me siento flaquita, casi raquítica y eso me deprime más. Pero si algo he aprendido de la naturaleza y de las fábulas como la cigarra y las hormigas, es que cuando aparece un Roberto hay que aprovecharlo. Cosecharlo, exprimirlo, sacudirlo y comer mucho, mucho. Recuperar todas las calorías perdidas. Sacarle todo lo que se pueda para guardar, almacenar para  tolerar la próxima etapa de sequía.  Aunque esto signifique dejársela roja a Roberto.

martes, 24 de julio de 2012

Noche de Valientes


Hoy me siento valiente. Tengo la osadía, el coraje y la adrenalina en las cantidades necesarias para ser una superheroina.
Que alguien grite “¡socorro!”. Que alguien pida “¡auxilio!”. Es más, mejor que ni lo griten, pues mis sentidos están tan agudos que podría percibir las vibraciones de su miedo. ¿No me creen?
Podría ir con corriendo en bikini, con este frío y de noche, desde Congreso hasta San Fernando, por Panamericana, sólo para asegurarme de que estés durmiendo tapadito y no tengas frío, y en el camino evitar tres robos, dos secuestros, cuatro suicidios, bajar a tres gatitos de unos árboles y hacerle respiración boca a boca a un linyera con paro cardíaco.
Aún así, me quedaría corta. Con esta energía sobrehumana podría construir en un santiamén, un hospicio del tamaño de Disney World,  tejer bufandas y escarpines en triple crochet para todos los niños con frío.
Y como me seguiría sobrando fuerza y entusiasmo, agarraría una canoa y remaría hasta África para cavar con mis propias manos  la tierra árida y llegar hasta un pozo de agua potable y fresca.
Y después, volvería nadando para ver si seguís bien tapado.
Hoy me siento valiente.
Pero te digo que si cuando voy a verte, te despertás y me invitás a acostarme en cucharita con vos, me quedo ahí, y que del mundo se encarguen los políticos, que por algo les pagan.

viernes, 20 de julio de 2012

Jenna de amigos

Sé que todos esperan que haga una declaración sobre si existe o no la amistad entre el hombre y la mujer. Y solo voy a decir que creo fervientemente en la amistad entre Jennísima y sus lectores. 
¡Feliz día!

miércoles, 18 de julio de 2012

Señorita maestra


En mis jóvenes años, recién salidita del cole, fui maestra. Maestra de  primer grado de inglés. En realidad era la ayudante. La que cortaba los papelitos, revisaba el cuaderno de comunicaciones y me aseguraba de que los niños no perdieran sus ropas ni útiles. Pero tres meses antes de terminar el año, la maestra se piró y renunció. La decisión fue que yo me hiciera cargo del grado de 25 alumnitos. Y acepté dichosa, pensando que era la oportunidad de crear una nueva casta de alumnos copados en un colegio que se volvía cada vez más cheto, con valores cada vez más estúpidos.

Quise ser la maestra que no fueron conmigo. Valorar la individualidad, la locura, el rasgo jennísimo de cada uno de ellos, esas características que justamente este tipo de colegio trata de anular, para que todos sean igualitos.

Pero claro, fomentar la locura de los niños de 6 años fue como entrar con un bidón de nafta, a un fogón en una noche de viento en Necochea. Y convengamos que no contaba con muchas herramientas pedagógicas, más que el amor y el respeto.

Un día tenía que enseñarles sobre los insectos: la crisálida que se vuelve mariposa y cómo se diferencian de las polillas, y no tuve mejor idea que hacérselos vivenciar. Le pregunté quién se animaba a ser de crisálida y lo agarré de los tobillos y lo puse boca abajo. Le dije: “abrazate con los dos brazos, así te convertís en cocoon”. Y justo allí entró la directora y yo sujetando al niño, que tenía la cabeza a 10 del cm del piso.
Decí que no me echaron porque me querían.  Tampoco les importó el hecho de que un día una de las nenas me dijo: “quiero vomitar” y le acerqué el tacho de basura con el pie, mientras me tapaba la cara al grito de: “¡vomitá acá!, “¡vomitá acá!”. ¡Generé una ola de pánico entre los nenes, que no sabés! Algunos lloraban, otros gritaban: “¡yo también quiero vomitar!”. Hasta que vino la secretaria, supongo que por los gritos, y me ayudó.

Cuando terminó el año, no me volvieron a llamar y ahí terminó mi carrera como formadora de las jóvenes generaciones. Pero que los chicos se divirtieron, fueron estimulados desde sus particularidades, bailaron y cantaron en inglés, no cabe dudas.

jueves, 12 de julio de 2012

Tetitas, ahora y siempre.



En algún momento de la historia de la humanidad, una mujer dijo: “pelos, ¡qué espanto! Depilémonos.” Y yo que nací mucho más tarde de que aquella decisión fuera tomada y sancionada por un jurado de nobles mujeres lampiñas, a las cuales no les debió significar mucho el cambio, accedí y me doblegué al hecho de depilarme una vez por semana y ahora ahorrar para la depilación definitiva.

Hoy siento que estoy atravesando el momento histórico justo. Una mujer dijo: “tetas chatas, ¡qué espanto! Operémonos” y hacia allá vamos, sentenciando al quirófano los pechitos de las próximas generaciones incuestionablemente.

 Prácticamente no me quedan amigas de tetas chiquitas. Y siento que perteneciendo al bando de las adoradoras del push-up, estoy en falta, como si decidir no operarme fuera igual que decidir no depilarme nunca más.

 ¿Por qué es cada vez más difícil ser chata? ¿Por qué como sociedad respetamos esto? ¿Por qué miro de reojo y deseo el plan 310 de Osde que te cubre los implantes? ¿Por qué no podemos aceptar que lo que nos tocó está bárbaro?

¡Ni tetonas, ni tetazas. Tetitas!

martes, 10 de julio de 2012

JENNISIMA EN VIVO!

Si te gusta lo que leés, imaginate lo que te va a gustar que te lea.  Venite que voy a contar un Jennísima en  carne y hueso. ¡Autografiaré pechos y porongas con indeleble!

No me importa si sos peronista o antiperonista, este sábado todos le damos al pito y al bombo.
¡Los espero!

 

miércoles, 4 de julio de 2012

Alguien que me libere


Quiero sentirme     L          I          B            R               E  
Que todo lo que me ata, se desanude con un peine.
Que todo lo que me aprisiona, se  disuelva con la lluvia.
Que todo lo que me ahoga, se evapore con la estufa.
Que todo lo que  me acorrala, se derrumbe de un soplido.


Quiero sentirme     L          I          B            R               E   

Como cuando me despeinan tus abrazos
Como cuando me río con tus chistes
Como cuando levito con tus besos  

Quiero sentirme     L          I          B            R               E    

lunes, 2 de julio de 2012

Un vals en el subte



Subte A de hasta las pelotas. Tempraneli. Ocho am. Logré subirme bien apretadita entre los cuerpos mullidos de abrigos invernales. Respirando esos alientos matutinos que suplican café, mate y galletitas, una voz de repente me habló al oído. “¿Bailás?”, me dijo suave, por detrás. Pero no había música. Solo escuchaba el tucúm, tucúm de los las ruedas oxidadas del subte tratando de mantenerse en las vías, sin zafarse en las uniones precarias.  “Disculpame, ¿bailás?”, volvió a preguntarme con sutileza y dulzura, emanando un perfume elegante y francés.

¿Por qué alguien me invitaría a bailar en un subte sin música, en hora pico? ¿Qué clase de persona sería? y ¿por qué a mí? Sin duda alguien con gran imaginación y vocación, que me vio en tutú en lugar de con estos jeans gastados que caminan solos. Me di vuelta para verle la cara a ese Piquín subterráneo, a ese corsario misterioso, al Baryshnikov de Balvanera. Y mientras giraba en puntitas de pie para convertirme en su Eleonora Cassano, en su Maya Plisétskaya de rodete rebelde y enrulado, sentí que todo iba en cámara lenta y juro que hasta ¡empecé a escuchar música! Sonaba "el vals de los cisnes" por los alto parlantes, y en cada compás me iba convirtiendo en un cordel armónico de movimientos delicados, desarticulando mis rigideces para entregarme al baile más puro y noble.

El subte frenó, las puertas se abrieron como el telón del Bolshoi de para en par y estando cara a cara con mi partenaire, nos miramos y me dijo: “¿Y flaca, bajás o no bajás?”.

Fue como bailar "la muerte del cisne" en una estación.

miércoles, 27 de junio de 2012

¡300 Jennísimas!


















¡Y llegaron! Son esos números grandes y redondos que te impactan. Como cumplir los 30, los 40, los 50, y así en adelante.
Trescientas veces me senté frente al monitor y me pregunté: ¿Qué tenés ganas de contar, Jennula?
Trescientas veces me obligué a conectarme conmigo, con alguna parte de mi ser que tuviera alguna historia para compartir, algún sentimiento que develar. Le di lugar a cada parte de mi cuerpo para que dijera algo: mis rulos con el “Arte Douche”, a mis riñones y mis ovarios con el “Humor orgánico”, demostré que era buena y generosa cuando “Me hago la Evita” y tan errada, lunática, desesperada y grosera cuando “Me gusta ser mujer”.
Trescientas veces me expuse a sus opiniones y comentarios. Dejé que se confundieran con mi vida privada que hasta yo misma lo hice. Me cuestionaron cuando no había qué debatir, me alabaron cuando coincidíamos con el sentir.
Trescientas veces me senté con pasión, resentimientos, lágrimas, sonrisas, con buenas y malas ideas, con errores de ortografías y un, exceso, de, comas.
Digan “trescientos” y van a ver cómo les vibra la lengua. Así me hace sentir Jennisima.
Les confieso que seguiría escribiendo aunque ninguno de ustedes me leyera, pero no saben lo lindo que es saber que están ahí. Gracias por tomarse el tiempo de hacer click y entrar y leer y comentar y compartir y todos los y que haya. Pero sobre todo quiero agradecerle a este blog que me salvó de tantas muertes, de tantos abandonos, dolores,  tristezas y porque hizo que la  búsqueda del Roberto azul sea mucho más divertida.

Los jenno de 300 besos y abrazos.
¡Descorchemos que hoy se coge!

lunes, 25 de junio de 2012

Dame con el hacha.


Viste cómo es la naturaleza. A veces el limonero te perfuma el jardín y otras veces te hecha unas raíces voraces, estranguladoras de cañerías, rompedoras de baldosas y una tiene que evaluar. ¿Cuántos gin tonics puedo hacer con los limones que me das, Limonero destructor? ¿Cuánto me cuesta arreglar todo lo que rompiste y cuánto sale un kilo de limones en los chinos? Y lo más importante, si hay que sacarlo, ¿quién lo saca?

Si a Roberto le gusta ponerla,  a Roberto le gusta sacarla. Es el péndulo de la vida. Y Roberto con un hacha,  una sierra o cualquier herramienta en la mano queda pintado como Beckham en calzones.

(Recreación de llamado) “Ring, ring. Hola, ¿cómo estás? Es un re día para estar en el jardín, al solcete, por qué no te venís y hacemos un gin tonics.”

Así se vino, el pobre iluso. Cuál Yiya Murano, en lugar de ponerle veneno a la comida, le puse alcohol a su organismo para que accediera a  sacarme el limonero mientras yo le acariciaba el tronco.

 Luego de horas de trabajo, este hombre que es un trabajador hecho y derecho,  me dijo: “nena, te haché un árbol entero, ¿sabés todo lo que me vas a tener que hachar vos, no?
Lo que no sabe Roberto, es que él tendrá la fuerza, pero nosotras la maña. 

jueves, 21 de junio de 2012

En honor a Belgrano



En el día de la bandera
Roberto se portó como una fiera
Recordamos a Belgrano
Lo me que me hizo fue sobrehumano

En lo alto me hizo flamear
Haciéndome lagrimear
Me prendió la escarapela
Y yo le hice una manuela

Ni prendimos la hoguera
Pero ardimos como madera
Don Manuel nos habrá oído
Es que tiré algún alarido

Fue un día realmente patrio
Mi casa fue un fornicario
A la celeste y blanca honramos
¡Por dio, cómo garchamos!

miércoles, 13 de junio de 2012

Desvestime vos


La pasión en la cama es directamente proporcional a la velocidad con que Roberto te saca la ropa. Ahora que me la arranca con los dientes, me la deshilacha con las uñas, me la rasga con la fuerza demente de un mono en celo y me la percude con el roce incesante de su cuerpo caliente, puedo comparar y notar la diferencia.

Antes Roberto, se sacaba la ropa mientras yo me sentaba en la cama y me tomaba el tiempo para desanudar el cordón de la zapatilla, después, yo misma me sacaba la camisa botón a botón, mientras el susodicho doblaba el pantalón sobre la silla. Una vez que estábamos desnudos nos disponíamos a acostarnos y cumplir con el funcionamiento orgánico que exigía el momento.

Pero no sé, Roberto parece que comió las espinacas de Popoye y se volvió fogoso como horno a la piedra. Es su impaciencia por devorarme, su pasión desenfrenada por tocarme la piel y su intolerancia a la ropa que viene sin  velcro, lo que transformó el garche apacible en un big bang sexual y a mí en una mujer felizmente desvestida.

lunes, 4 de junio de 2012

Aprender


La mayoría de las veces pienso que sólo aprendo sentada mirando al pizarrón,
pero a andar en bicicleta aprendí a los golpes.
A cocinar aprendí probando.
A amar aprendí llorando y muchas más veces, besando.
He aprendido parada en el colectivo.
Aprendí corriendo y hasta nadando.
Aprendí a los gritos y en silencio.
Aprendí sola mirando al techo y con amigos pasándome el mate.
Aprendí con maestras viejas gritonas,
Aprendí con bebés recién nacidos.
Incluso aprendí cuando no quería aprender.
Aprendí de sopetón, desde la intuición y desde la razón.
Aprendí analíticamente
Y también sistemáticamente.
Aprendí de oído y al tacto.
He aprendido de tantas maneras,
que no sé si seré muy buena alumna
O la vida, muy buena maestra

lunes, 28 de mayo de 2012

Cederlo o no



Ni bien terminé el secundario empecé a trabajar como secretaria en un consultorio de nutrición. Mis tareas eran simples: abrir las persianas, encender la radio, buscar las fichas de los pacientes, completar los formularios de las obras sociales y atender el teléfono para dar turnos. Por lo que tenía bastante tiempo para estudiar mientras los pacientes entraban, esperaban y salían.

Casi ni me vinculaba con la gente. Yo leía mis apuntes de semiótica con tanta concentración que ellos podrían estar comiéndose entre sí que ni lo percataría.

Una  tarde me olvidé los apuntes, ese muro que me defendía de las charlas de la sala de espera se había disuelto y ahí estaba yo, expuesta y vulnerable al aburrimiento de la señora que necesita comunicarse. Por lo general, este tipo de persona empieza a hablarse sola, hace comentarios quejosos como: “Cuanto tarda la doctora” y suspiran. Ante mi nula reacción, el próximo comentario ya me lo hacen de modo directo, “¿siempre tarda tanto en atender?”. Y como no me queda otra, les respondo: “No, ya está por terminar” y busco cosas en los cajones como haciéndome la ocupada.  Pero esa tarde, la última paciente del día me preguntó “Además de trabajar, ¿estudiás?”. Y ahí me aflojé, caí en divismo de hablar sobre mí y largué la lengua.  Fuimos entrando en una confianza profunda que culminó cuando le pregunté: “y vos, ¿de cuánto meses estás?”. ERROR.

“¡No estoy embarazada! Estoy gorda. G, O, R, D, A. Por eso vengo acá.” Me respondió de la peor manera posible, enojada y a los gritos. Pensé que iba a pararse y morderme. ¡Señora, la gente gorda no debería usar jardinerito de jean!, pensé. No fue mi culpa, usted me envió todas las señales equivocadas. Hasta se  acarició la barriga mientras me hablaba. No sabía dónde meterme. Compungida, avergonzada, acalorada, ¡quería volver el tiempo atrás! Lo único que se me ocurrió decir para compensar esta situación fue “Ay, mil disculpas, es que mi tía  y dos amigas están embarazadas  y pienso que todas lo están. Perdón”. Ni bien terminé la frase me metí en la cocina hasta que escuché que la nombraron para entrar. Decí que no me echaron porque la nutricionista era mi mamá.

Cuestión que este hecho me ha marcado de por vida. Como dice el dicho: “el que se quema con leche, ve una vaca y llora”. Cada vez que voy en subte o colectivo y veo a una señora gorda que parece embarazada, me vuelve la taquicardia de aquella vez y aunque quede como una mal- educada y desconsiderada por no cederle el asiento,  jamás volveré a correr el riesgo de herir los sentimientos de una mujer con pancita. Por eso les imploro, que si ustedes llegaran a estar embarazadas, pidan el asiento y nos ahorramos todos, un disgusto enorme. 

martes, 22 de mayo de 2012

¿Cómo besás?


Cuando me besaba no usaba la lengua. Nunca. Abría la boca como para bostezar y se prendía  a la mía. Y ahí se quedaba sin hacer nada, ni sopapeba. Yo hurgaba con mi lengua curiosa su cavidad buscando la suya, con absoluto fracaso. ¿Se la habrían comido los ratones? ¿Se la habría tragado? ¡O peor! ¿Se la habría cortado alguna Marta despechada? Ese hombre, era el hombre sin lengua.

¡Estaba desesperada! Roberto me gustaba, pero besarlo no tenía gracia, ni pasión. Era besar la nada, la boca estática de un muñeco de plástico con cara de sorpresa.

¿Cuán importante son los besos en una pareja? ¿Cuánto podría sostener este vínculo? Y me hice la pregunta más poderosa de todas: si besa sin lengua, ¿cogerá sin pito?

Una noche de esas, en la que hacíamos que nos besábamos, él parecía que me estaba dando respiración boca a boca, suspendí el acto y le dije: “Roberto, besás sin lengua”. “Sí”, me contestó, “No soy muy lenguaraz”.  ¡LENGUARAZ! El tipo me responde con la palabra lenguaraz. ¡Roberto! Muy lenguaraz no es la respuesta.  ¿Sabés lo que tenés que decirme? “Cuando fui como voluntario a Afganistán, me secuestraron mientras salvaba a unas niñas de la amputación y me cortaron la lengua. Me encantaría poder besarte como Arnaldo André y lamerte cada rincón del cuerpo, hasta bañarte en mi saliva”. Eso es transarme el cerebro, ¿entendés?

Cuando el cuerpo no satisface al cuerpo del otro, hay algo que se llama imaginación, que complementa, suplementa y aumenta el placer mental, haciendo que no importe que no tengas lengua, que la tengas chica o que lo fuera. Yo no tendré grandes pechos, pero con la elongación rusa que me enseñaron unas gimnastas olímpicas en Moscú y los sorprendentes y orgásmicos movimientos tántricos que aprendí en el pequeño pueblo donde escribieron el Kama Sutra en India, creo que no va a importarte, ¿no es cierto, Roberto?

viernes, 18 de mayo de 2012

Formas de evitar embarazarte en el trabajo

Cubrir el asiento con tres porciones de papel higiénico.

¿Cuántas veces escuchaste decir a una embarazada "No sé cómo pasó. Si nos cuidamos."? Bueno, yo te cuento. Muy pocas personas lo saben, pero a la noche, en todas las oficinas, vienen unos duendecitos con pinceles mágicos y pintan los asientos de los inodoros con semen ultra fértil de efectividad prolongada. Entonces a la mañana siguiente, cuando una llega dormida sin todas las alertas encendidas, en lugar de hacer pis en cuclillas, se sienta y zácate, queda fecundada. Obviamente, hay que  estar en los días más fértiles, sino es muy poco probable que esto ocurra.

Mujeres, ahora lo saben. Si no quieren quedar embarazadas por los duendecitos de las oficinas, pongan tres porciones de papel higiénico cubriendo el asiento y listo. Así evitarán quedar embarazadas en el trabajo.

jueves, 17 de mayo de 2012

martes, 15 de mayo de 2012

Hambre (Fascículo 3)

"¡Si no me decís que me amás, meto la cabeza en el horno! ¿Me escuchás? Mirá que prendí el gas. ¡Si no me lo decís hago que explotemos los dos!". Mili estaba desesperada, su marido, desde hace dos meses, la iba a dejar. Se habían casado porque Banfield le había ganado a River 4 a 1 y Mauro estaba tan contento que le propuso matrimonio sin siquiera sacarse la gorrita del taladro. Con la voz afónica de gritar lo goles y de cantar "vamo Boooon, vamo Boooon", sacó medio cuerpo por la ventana del auto y le gritó: "¡Mili, casate conmigo!" y ella accedió antes de que el referee pitara posición adelantada.

Ya habían pasado un campeonato y dos meses cuando Mauro no aguantó más las quejas de Mili, sus aires de diva, de mantenida y sobre todo que no cocinara. Porque Mili no cocinaba nada. No sabía, ni le interesaba. Tenía una colección de imanes de delivery tan grande como su colección de carteras de Prüne.  "Podrías vender un par de esas carteras de cheta que tenés y pagarte un curso de cocina, así por lo menos me cocinás un huevo duro, ¡inútil! No podés diferenciar un limón de un pomelo", le gritaba él. "Claro, el señor se queja que no sé diferenciar dos verduras de mierda,  pero no se queja cuando me confundo su salchicha de copetín y le digo salchichón primavera. Decime la verdad, ¿me dejás porque no sé cocinar o hay otra?", mientras le hablaba buscaba la cajita de fósforos para asustarlo de verdad. "No hay otra mina. Estoy muerto de hambre, todo el tiempo. Solo quiero salir de casa para pasar por un kiosco, por un almacén, solo pienso en comer. ¿No me ves flaco?", le contestó mostrándole lo grande que le quedaba el pantalón. "¡Me voy! No me asustan tus amenazas, sería un milagro que supieras prender el horno", y se fue de la casa.

Caminó tres cuadras y pasó por una panadería de esas modernas, las que tienen toda la cocina vidriada a la vista de todos. Entró con la urgencia de dos coche bomba apunto de explotar si no comía algo. Como no había nadie en el mostrador, se mandó para la cocina sin dudar. Agarró lo que veía: unas medialunas, una cremona rellena, tres tortas fritas, y todo se lo mandaba a la boca sin masticar y de repente la vió. Era la panadera, una chica muy simpática, rellenita, con dos tetas grandes como bolas de fraile sobre estimuladas con levadura. Tenía una red en la cabeza que le sostenía su largo pelo colorado. Tenía las manos blancas de la harina, el delantal manchado con huevo, chocolate, salsa de frambuesa. Él la miró con tantas ganas, que no le importó la vidriera, se sacó la remera, se soltó el cinturón, los pantalones cayeron sin esfuerzos y con el churro erecto se le acercó a la panadera. Su hambre se había vuelto deseo sexual. Un apetito lujurioso que jamás había sentido por nadie.  Silvita lo vio venir y se le hizo agua la boca. Cuando se le acercó, le desató el delantal, la enmantecó con besos y caricias y le saboreó el azúcar de su piel. Sabía que de ahí no se iría hasta quedar pipón pero Silvita se encargó de que los dos quedaran empachados. Salsa blanca.

jueves, 10 de mayo de 2012

Todo de a dos (Fascículo 2)

Tres botellas de tinto vacías sobre el desayunador. Vinazos de cuarenta pesos para arriba. Parece que alguien tiene mucha plata o al menos quiere impresionar a otro alguien. La puerta de la heladera estaba mal cerrada, el cajón de las verduras estaba salido y hacia tope.

 Juan compraba verduras de a dos dos unidades y del mismo modo las consumía. Era un toc que argumentaba con: "la verdura si está de a una se pudre más rápido". Tenía dos tomates, dos hinojos, dos morrones, dos manzanas, dos naranjas y una zanahoria.

Desde la heladera hasta el otro lado del desayunador, donde estaba el comedor, había un senderito de prendas cual miguitas de Hansel y Gretel.  Una media, una remera, una camisa, un corpiño, otra media, una pollera, una bombacha, un desfile de ropa sin cuerpos arrojados en el piso jugando a las estatuas.

Se ve un pie. Debajo del desayunador había un pie y una pierna. Una pierna con su pie que subía hasta la cadera de una mujer. La otra pierna estaba abierta, cruzando la orilla. Entre pierna y pierna una cabeza.

 El piso de pinotea era original del siglo dieciocho, pero a ¡quién le importa! ¡Hay un hombre con la cabeza entre las piernas de una mujer! La mujer era delgada y muy larga, sus piernas eran casi infinitas. Juan estaba zambullido en ese cuerpo como buscando más vino.  Eloisa estaba estirada sobre la pinotea del siglo dieciocho viajando con su mente de orgasmo en orgasmo, escalando grititos, maullidos que terminaban en desmayos. Recuperaba la conciencia y sus ojos orbitaban placeres hasta que volvían a cerrarse. Con sus manos se acariciaba su propia cabellera, a veces la intercalaba y acariciaba los rulos Juan, presionando su cara contra ella, quizás así él pudiera llegar más profundo.

Juan no tenía un cuerpo tan perfecto como ella, hacía años que no pisaba un gimnasio y ser arquero del papi no cuenta como hacer deporte, pero era encantador y tenía unas manos tan grandes como sus pies y, obviamente, su poronga. Calzaba cincuenta... de todo.

No habían cenado, solo tomaron vinos.  Sin embargo en el piso había un pelador. Juan se agarraba fuerte a los muslos de Eloisa para encajarla en su boca, y entre sus dedos había unas tiras muy finas de cáscara de zanahoria. Cada vez que ella se movía aparecían por debajo de su cuerpo más y más cáscaras. La mandíbula de Juan masticaba con furia el sexo ajeno. Crujía.

Eloisa empezó a vibrar, más y más. Juan estiró sus brazos para agarrarle el corazón que intentaba escapar. Con sus dos manos se aseguró de manosearle bien el alma y sus respiración. Mientras tanto masticaba cada vez más rápido, engullendo un amor de la forma más bucólica. Eloisa convulsionaba en éxtasis y Juan con la boca llena de zanahoria, dio ese mordisco final. Salsa Blanca.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Duro como el mármol - (Fascículo 1)

La cocina nueva. Laura estaba encantada con el mármol que había elegido para la mesada. Era importado, carísimo. Cuando lo compró se imaginó cuánto iba a garchar ahí, tirada como la harina, amasada como la pizza, repulgada como a una tarta. Entonces se entusiasmó y también encargó el piso en el mismo mármol composé. En su mente iba a coger más que cocinar. A esa mesada le iban a refregar más su culo que el trapo rejilla. Pero obvio que no fue así. La obra era interminable, su marido se lo pasaba en la oficina trabajando con tal de no enfrentar ese caos y desfile de obreros. Para colmo, lo que ya estaba listo se rompía o fallaba.

Eran como las siete de la tarde del martes. Laura intentaba poner un poco de orden y decidió encargarse de los cajones, limpiar lo utensilios y acomodarlos según criterios surrealistas. Es decir, solo Dalí encontraría los cubiertos para poner la mesa, pero ella le encontraba lógica.

El plomero seguía ahí. Quién sabe desde hacía cuánto. Laura estaba entregada a la marea de trabajadores que entraban y salían de su casa. Pero el tipo estaba tirado en el piso, boca arriba, bajo la mesada de mármol. Arreglaba los cañones de la pileta o el triturador de basura o quizás había muerto. Laura estaba aburrida y le entró la curiosidad. ¿Qué carajo estará arreglando? Dejó caer un tenedor al piso y cuando se agachó le echó una mirada. El tipo estaba con una cinta tratando de destapara algo, tenía unos brazos fuertes, marcados. Tenía unos tríceps abultados que hacían juego con sus bíceps. Tenía un torso esbelto, era delgado pero no flacucho. La remera se le había subido y se le veía el ombligo, los abdominales inferiores duros como adoquines y el camino de vello púbico que bajaba hasta perderse en el jean. Eran los 10 cm del cuerpo más eróticos que había visto en ellos últimos siete meses. El tipo no tenía el cuerpo del típico plomero, parecía profesor de gimnasia o bailarín de hiphop. Agarró el tenedor y lo devolvió al cajón. Tomó el repasador, y como haciéndole un mimo a la mesada de mármol le sacó el polvo y al legar al límite de la mesada lo dejó caer sobre el plomero, sobre su bragueta. Sin ponerse ni un poco colorada se arrodilló y agarró el repasador como si se le fuera a escapar. Lo estrujó con una mano y después con la otra. Sintió cómo el repasador empezaba a crecer. Solito, solito como si fuera la alfombra de Aladino, ese trapito levó como un pan que se estaba horneando a fuego lento. De repente una mano sucia, de dedos musculosos y rudos se apareció y estrujó sus manos de costurerita. Fue un suave forcejeo por agarrar el repasador, cuyo dibujo de florcitas se iba desfigurando a medida que la bragueta del plomero iba creciendo y creciendo.  Los botones del jean empezaron a explotar, sino fuera por el repasador que los atajó, alguien hubiera perdido un ojo. Finalmente la tela del pasador cedió y las manos de los dos se alejaron por la vibración. La bragueta explotó como un caño fuera de control.  El plomero se reincorporó, la tomó a Laura de los hombros y la arrojó al piso de mármol virgen. Le subió el vestido y ella sintió el frío tal cual lo imaginó. Él se le subió encima, la miró a la ojos, le mordió el mentón y ella arqueó su espalda. Salsa blanca.

martes, 8 de mayo de 2012

Andá preparando la olla.
















Esta semana empieza la nueva sección: Salsa blanca. Historias calientes que pasan en la cocina.  

jueves, 3 de mayo de 2012

Para qué ir al gym

Como si ver mi culo caer en un estado gelatinoso no fuera una tortura nazi para mi autoestima, los precios de los gimnasios se esmeran en torturar mi economía precaria. Si pagar esas cifras psicóticas garantizara la firmeza eterna de mi cuerpo, te juro que lo pagaría. Pero no. Eso depende de mi fuerza de voluntad, de una genética mitológica o de una cirugía, tan lejos del sendero de mi bienestar que en vano la traigo a colación.

Pero al gimnasio hay que ir y alguno hay que buscar. Antes de elegir el instituto deportivo que moldeará nuestra figura debemos ser honestas y preguntarnos, "en realidad ¿quiero hacer gimnasia o conocer chongos?". Blanqueemos que el gym  es un ambiente muy propicio para el levante de machos alfas que se miden la poronga por cantidad de kilos y repeticiones que son capaces de hacer con la mancuerna.

Y yo te soy honesta, quiero conocer flacos, pero la billetera manda, así que en vez de gastar 270 pesos en un lindo gimnasio cerca del laburo, voy a uno de 150 peshitos en la cuadra siguiente. Y te sigo siendo honesta, porque me agarrás con media botella de tinto encima, el gimnasio barato tiene tipos baratos.  Entonces me encuentro con la desilución diaria de que estoy dele que te dele con la patada de burro al pedo porque ninguno de los swarzeneggers que me rodean completan una dentadura.

Y no sabés la tristeza que me da cuando salgo de mi gym y paso por el de 270 pesos. Me siento un mendigo con la ñata contra el vidrio del restaurante viendo al otro comer. Miro hombres bellos, que dejan las llaves de sus autos caros y iphones en la mesa de entrada, y me imagino que deben tener puestos megagrosos como para mantenerme a mi y a toda mi descendencia.

Pero bueh, si lo miro desde el lado positivo, yo te voy al gym, me ejercito bien ejercitada, con sudor en la frente, el bozo, las axilas, espalda y tetas y me importa un comino mi aspecto de Jane Fonda linyera, porque cuando tenga el culo de nuevo en la nuca voy a conseguirme un Roberto digno que ame por lo que soy: un culo  con firme sentido del humor*.





*Remate sugerido por La Criatura, fiel comentador del blog

martes, 1 de mayo de 2012

Vida del trabajador

-¿De qué trabajás?

- De qué no trabajo deberías preguntarme. Porque todo lo que hago es trabajar. A veces me pagan con plata, a veces con una sonrisa, en algunas ocasiones con una palmada en la espalda, tres veces con una patada en el culo, hay una señora que siempre me paga con un: “¡muchas gracias, nena!”, muchos hijos de putas con puteadas, los chinos me pagan con cambio justo,  hay gente religiosa que me paga con limosnas. Mis jefes me pagan con más trabajo. Me han pagado con secretos y los más graciosos con chistes.  Admito que me pagaron con mi propia moneda.  Con billetes falsos, billetes rotos, billetes escritos, con monedas extranjeras. Cheque en blanco, cheque a un mes, cheque cruzado y travellers cheques. Unas cuántas veces trataron de pagarme con sexo, pero nunca acepté, mirá si me estafaban. Algunos músicos me pagaron con canciones, con comida, los gourmet, los bailarines con coreografías. Los pintores con pinceles. Me pagaron con cosquillas. Los más pedantes, con psicoanálisis. Los racionales, con lógica. Los locos, con plata invisible.  

- (interrupe) Disculpame, no te pregunté cómo te pagan, te pregunte de qué trabajás.

- ¡La vida es un trabajo! ¿No te diste cuenta?

Feliz día a todos, porque hasta amar da trabajo y Roberto se esmera horas extras, hoy tómense el día libre para no hacer nada. NADA.    

martes, 24 de abril de 2012

Sexo en la oficina



Dicen que 8 de cada 10 personas tuvieron sexo con alguien del trabajo. No sé si esos números son verdaderos, pero debo admitir que soy víctima de esta estadística. Digo víctima porque claramente me salió como el culo… todas las veces. Esto significa que reincidí en las estadísticas y si vos no estás en ella es porque yo ocupé tu lugar. Es decir 4 de cada 10 personas, soy yo.

El problema de coger con quién se labura es que una no es la única en la empresa, por ende hay grandes riesgos de que haya superposiciones de amantes y  en fin… terminemos  todos cogiendo con todos, o como pasa en mi historia el mismo se coge a todas.

El Sr. Z es un Roberto clásico. La novia lo deja y él va llorando por los hombros de sus compañeras haciéndose el bueno, el caballero y el sensible. Se construye a sí mismo como ese espécimen masculino que vale la pena amar y tuvo la mala suerte de enamorarse de una conchuda que lo trató como un trapo de piso. Y uno cae en su trampa, en su discurso impecable. Al pasar los meses en donde se  forja la amistad, una que le dio el hombro, le empieza a dar la mano, la pierna, la boca, las tetas, el cuerpo entero y al carajo la tristeza.  Miradas por encima de la computadora, piernas que se cruzan por debajo del escritorio, la adrenalina del secreto y todo es divino.

Pero el Sr. Z se dio cuenta de  lo fácil que era la jugada y empezó a imprimir con su chorro a tinta sin importarle el medioambiente.  Imprimió sobre la diseñadora, sobre la cuentas, la planner, la Project manager, la redactora y quién sabe cuántas más.

Y una que solo busca sentirse única para el otro, se convierte en un papel más en la resma sexual de Roberto.

Acá se me ocurre otra estadística, gilastrum:
1 de cada 10 Jennísimas se siente como el orto y quiere venganza.