Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

domingo, 29 de enero de 2012

Fingido y sentido


¿Cómo fingir un orgasmo?
1-      Acompañar cada exhalación con un ajá suavecito al oído del  amante.
2-      Cada cuatro ajá, largar un ahhhh agudito. Cortito.
3-      Acompasar los movimientos de la cadera del compañero para ir acelerándolos, a penas.
4-      Clavarle las yemas de los dedos en su espalda  y deslizarlos hasta sus nalgas.
5-      Arquear la espalda, tirar la nuca para atrás y abrir la boca como esperando un baldazo de agua bendita.
6-      Decidir el momento del estallido, en donde el ahh agudito y cortito se transforme en un AHHHHH, con arqueada de espalda, bajada de nuca, clavada de dedos, contraer los músculos vaginales y listo. Usted tuvo un genial orgasmo.

¿Cómo sentir un orgasmo?
1-      Cerrar los ojos
2-      Respirar pausadamente buscando relajar todos los músculos.
3-      Y pensar en la chota más grande y dura del mundo.
4-      Listo. (El orgasmo pasa por la cabeza señores. No es que el tamaño no importe. Mientras sea grande en nuestra mente, estamos hechas).

martes, 24 de enero de 2012

¿Cómo hacer el fuego?



Muchos Robertos dirán que el fuego se hace con papel de diario, maderita y carbón. Se abolla el papel, se le ponen maderitas encima como haciendo una carpita de indios y arriba una  gran montaña de carbón, pero cuidando de que queden agujeros para que entre el aire hasta el corazón de papel.

Pero acá te tiro otro modo de hacer el fuego, Roberto.

 Te me ponés bien cerquita al cuerpo.  Así. Que tus pelitos del brazo rocen los míos. De esta fricción empezarán a salir chispas, casi imperceptibles. En cuanto me empieces a susurrar al oído y a jadearme al cuello, esa chispa ya va empezar a quemar, de a poquito. Mientras tanto me vas arrinconando contra una pared, me acomodás el paquete de carbón bien en el centro y con la mano escarbás en la bolsa hasta que  empieces a sentir el calor saliendo de adentro. Para avivar  el fuego, podés arrodillarte y soplar bien cerquita de la llama, incluso podés pasarle la lengua, que es como tirarle un bidón de Kerosene. Y listo, tirá el chorizo a la parilla  que este fuego ya está ardiendo.

jueves, 12 de enero de 2012

El libro de los hechizos


¿Cómo se hace para cambiar de estado? Abrí El libro de los estados y leí su índice. Fui usando mi dedo como guía, deslizándolo renglón por renglón, buscando el título que me sirviera. Un libro impresionante, tenía cualquier cantidad de opciones.  Lo más parecido a un libro de hechizos mágicos que vi en mi vida. Antiquísimo. Tenía tantas conversiones que me asombré. Pareciera que el mundo entero busca cambiar, como si nadie estuviera satisfecho con cómo es.  

El índice mostraba títulos como: De nube a Arco Iris; De hongo a flor, De pedal a motor, De perro a lobo, De chata a pechugona, de pato a Cisne.  Todas tenían sus instrucciones de cómo lograrlo. Por ejemplo,  De hielo a charco, ponerse bajo el sol del mediodía. De huevo crudo a huevo frito, romperse sobre aceite hirviendo. Si fuera una oruga y quisiera ser mariposa: envolverse en un capullo.  ¡Incluso decía cómo cambiar de sapo a príncipe! Pero no decía absolutamente nada sobre cómo convertirme de un garche a su amor. 

martes, 10 de enero de 2012

Hombre- herramienta


“¿Por qué usás las manos si tengo los utensilios en el cajón, Roberto?” Le pregunté mientras intentaba destapar una cerveza con sus dedos, teniendo quince destapadores en la cocina.

El sistema ortodoxo, rústico, neandertal que prefiere Roberto para solucionar problemas es comprensible pero inaceptable. Usa los dientes como si fueran de acero, las uñas como si fueran de piedra, la pierna como si fuera una sierra. Roberto, ¡por algo se inventaron las herramientas! No sos Robocop.

Recuerdo cuando éramos unos niños de 18 años,  me pasó a buscar en el Falcon rural de su papá. (Yo amaba ese bulín motorizado. Roberto tiraba frazadas en el baúl y nos revolcábamos hasta romper los amortiguadores. Estacionaba en la esquina de mi casa, cerca de la garita. No eran tiempos seguros, más vale un ex policía voyerista que dos chorros excitados). Esa noche, ni bien me subí al nido del amor motorizado, hicimos dos cuadras, se paró y  no arrancó más.

Roberto se bajó del auto, abrió el capot y se puso a mirar el motor (imagino ese momento “hombre - motor”  igual al momento  “mujer- primer tampón” en donde te quedás esperando que el objeto mismo te hable  y te dé indicaciones de cómo proceder).

Me bajé para darle apoyo moral. Mientras tanto miraba el vapor salir, la grasa chorrear y algo chicharrear. Roberto puso las manos en acción y empezó a sacudir mangueritas (cómo si todo se solucionara con un sacudón), abrió tapitas, enchufó y desenchufó cablecitos y como uno se le retobó, Roberto se acercó con la boca y ¡empezó a masticarlo!

Obviamente, le dio una descarga eléctrica que no supo cómo disimular. Con la cara negra, la boca sucia y cargado a 520 wats, me miró. Lo miré de vuelta y me dijo “mirá cómo se me paró la japi, vamos pa´l fondo”.
Y yo accedí, porque Roberto no te es muy ducho con las herramientas ni arreglando cosas, pero que sabe cómo ponerle onda a una situación boluda, de eso no caben dudas.

domingo, 1 de enero de 2012

Desgracia familiar


Decidí empezar el nuevo año sin apelar a supersticiones. Esto significa sin bombacha rosa, sin albahaca en mi almohada, sin doce uvas, sin quemar deseos viejos,  ni nada. Lo único que iba a hacer era que la primera persona para saludar después de las 12 tenía que ser alguien del sexo opuesto, (convengamos que una milésima de superstición no lastima a nadie, ¿no?) Mi abuelo estaba sentado a mi lado, así que no habría problema con cumplir ese requisito. Encargada de liderar la cuenta regresiva, mientras miraba a mi mamá servir la última copa de champagne, gritamos “dos, uno, ¡¡feliz año nuevo!!” y abracé a mi prima y le di un beso. ¡¡¡¡Me distraje!!! ¿Entendés? Besé a  mi prima y no a mi abuelo.  Pero no me hago problema por mí, soy grande, se lidiar con la soledad y el ring-raje de Roberto, pero acabo de arrastrar a mi prima a un año de malaria, fue como  agarrarle la mano para que rompiera su propio espejo, o  como tirarle una manada de gatos negros en su camino. He inducido a una joven niña de próspero porvenir al más cruel de los destinos: el desencuentro eterno con Roberto. Le desteñí absolutamente todos los príncipes que pudiera encontrar en su futuro. Sólo le queda atravesar el 2012 rodeada de amigas, películas románticas y mucho, pero mucho helado.  Cuánto lo siento, prima. Perdón.