Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

lunes, 28 de mayo de 2012

Cederlo o no



Ni bien terminé el secundario empecé a trabajar como secretaria en un consultorio de nutrición. Mis tareas eran simples: abrir las persianas, encender la radio, buscar las fichas de los pacientes, completar los formularios de las obras sociales y atender el teléfono para dar turnos. Por lo que tenía bastante tiempo para estudiar mientras los pacientes entraban, esperaban y salían.

Casi ni me vinculaba con la gente. Yo leía mis apuntes de semiótica con tanta concentración que ellos podrían estar comiéndose entre sí que ni lo percataría.

Una  tarde me olvidé los apuntes, ese muro que me defendía de las charlas de la sala de espera se había disuelto y ahí estaba yo, expuesta y vulnerable al aburrimiento de la señora que necesita comunicarse. Por lo general, este tipo de persona empieza a hablarse sola, hace comentarios quejosos como: “Cuanto tarda la doctora” y suspiran. Ante mi nula reacción, el próximo comentario ya me lo hacen de modo directo, “¿siempre tarda tanto en atender?”. Y como no me queda otra, les respondo: “No, ya está por terminar” y busco cosas en los cajones como haciéndome la ocupada.  Pero esa tarde, la última paciente del día me preguntó “Además de trabajar, ¿estudiás?”. Y ahí me aflojé, caí en divismo de hablar sobre mí y largué la lengua.  Fuimos entrando en una confianza profunda que culminó cuando le pregunté: “y vos, ¿de cuánto meses estás?”. ERROR.

“¡No estoy embarazada! Estoy gorda. G, O, R, D, A. Por eso vengo acá.” Me respondió de la peor manera posible, enojada y a los gritos. Pensé que iba a pararse y morderme. ¡Señora, la gente gorda no debería usar jardinerito de jean!, pensé. No fue mi culpa, usted me envió todas las señales equivocadas. Hasta se  acarició la barriga mientras me hablaba. No sabía dónde meterme. Compungida, avergonzada, acalorada, ¡quería volver el tiempo atrás! Lo único que se me ocurrió decir para compensar esta situación fue “Ay, mil disculpas, es que mi tía  y dos amigas están embarazadas  y pienso que todas lo están. Perdón”. Ni bien terminé la frase me metí en la cocina hasta que escuché que la nombraron para entrar. Decí que no me echaron porque la nutricionista era mi mamá.

Cuestión que este hecho me ha marcado de por vida. Como dice el dicho: “el que se quema con leche, ve una vaca y llora”. Cada vez que voy en subte o colectivo y veo a una señora gorda que parece embarazada, me vuelve la taquicardia de aquella vez y aunque quede como una mal- educada y desconsiderada por no cederle el asiento,  jamás volveré a correr el riesgo de herir los sentimientos de una mujer con pancita. Por eso les imploro, que si ustedes llegaran a estar embarazadas, pidan el asiento y nos ahorramos todos, un disgusto enorme. 

martes, 22 de mayo de 2012

¿Cómo besás?


Cuando me besaba no usaba la lengua. Nunca. Abría la boca como para bostezar y se prendía  a la mía. Y ahí se quedaba sin hacer nada, ni sopapeba. Yo hurgaba con mi lengua curiosa su cavidad buscando la suya, con absoluto fracaso. ¿Se la habrían comido los ratones? ¿Se la habría tragado? ¡O peor! ¿Se la habría cortado alguna Marta despechada? Ese hombre, era el hombre sin lengua.

¡Estaba desesperada! Roberto me gustaba, pero besarlo no tenía gracia, ni pasión. Era besar la nada, la boca estática de un muñeco de plástico con cara de sorpresa.

¿Cuán importante son los besos en una pareja? ¿Cuánto podría sostener este vínculo? Y me hice la pregunta más poderosa de todas: si besa sin lengua, ¿cogerá sin pito?

Una noche de esas, en la que hacíamos que nos besábamos, él parecía que me estaba dando respiración boca a boca, suspendí el acto y le dije: “Roberto, besás sin lengua”. “Sí”, me contestó, “No soy muy lenguaraz”.  ¡LENGUARAZ! El tipo me responde con la palabra lenguaraz. ¡Roberto! Muy lenguaraz no es la respuesta.  ¿Sabés lo que tenés que decirme? “Cuando fui como voluntario a Afganistán, me secuestraron mientras salvaba a unas niñas de la amputación y me cortaron la lengua. Me encantaría poder besarte como Arnaldo André y lamerte cada rincón del cuerpo, hasta bañarte en mi saliva”. Eso es transarme el cerebro, ¿entendés?

Cuando el cuerpo no satisface al cuerpo del otro, hay algo que se llama imaginación, que complementa, suplementa y aumenta el placer mental, haciendo que no importe que no tengas lengua, que la tengas chica o que lo fuera. Yo no tendré grandes pechos, pero con la elongación rusa que me enseñaron unas gimnastas olímpicas en Moscú y los sorprendentes y orgásmicos movimientos tántricos que aprendí en el pequeño pueblo donde escribieron el Kama Sutra en India, creo que no va a importarte, ¿no es cierto, Roberto?

viernes, 18 de mayo de 2012

Formas de evitar embarazarte en el trabajo

Cubrir el asiento con tres porciones de papel higiénico.

¿Cuántas veces escuchaste decir a una embarazada "No sé cómo pasó. Si nos cuidamos."? Bueno, yo te cuento. Muy pocas personas lo saben, pero a la noche, en todas las oficinas, vienen unos duendecitos con pinceles mágicos y pintan los asientos de los inodoros con semen ultra fértil de efectividad prolongada. Entonces a la mañana siguiente, cuando una llega dormida sin todas las alertas encendidas, en lugar de hacer pis en cuclillas, se sienta y zácate, queda fecundada. Obviamente, hay que  estar en los días más fértiles, sino es muy poco probable que esto ocurra.

Mujeres, ahora lo saben. Si no quieren quedar embarazadas por los duendecitos de las oficinas, pongan tres porciones de papel higiénico cubriendo el asiento y listo. Así evitarán quedar embarazadas en el trabajo.

jueves, 17 de mayo de 2012

martes, 15 de mayo de 2012

Hambre (Fascículo 3)

"¡Si no me decís que me amás, meto la cabeza en el horno! ¿Me escuchás? Mirá que prendí el gas. ¡Si no me lo decís hago que explotemos los dos!". Mili estaba desesperada, su marido, desde hace dos meses, la iba a dejar. Se habían casado porque Banfield le había ganado a River 4 a 1 y Mauro estaba tan contento que le propuso matrimonio sin siquiera sacarse la gorrita del taladro. Con la voz afónica de gritar lo goles y de cantar "vamo Boooon, vamo Boooon", sacó medio cuerpo por la ventana del auto y le gritó: "¡Mili, casate conmigo!" y ella accedió antes de que el referee pitara posición adelantada.

Ya habían pasado un campeonato y dos meses cuando Mauro no aguantó más las quejas de Mili, sus aires de diva, de mantenida y sobre todo que no cocinara. Porque Mili no cocinaba nada. No sabía, ni le interesaba. Tenía una colección de imanes de delivery tan grande como su colección de carteras de Prüne.  "Podrías vender un par de esas carteras de cheta que tenés y pagarte un curso de cocina, así por lo menos me cocinás un huevo duro, ¡inútil! No podés diferenciar un limón de un pomelo", le gritaba él. "Claro, el señor se queja que no sé diferenciar dos verduras de mierda,  pero no se queja cuando me confundo su salchicha de copetín y le digo salchichón primavera. Decime la verdad, ¿me dejás porque no sé cocinar o hay otra?", mientras le hablaba buscaba la cajita de fósforos para asustarlo de verdad. "No hay otra mina. Estoy muerto de hambre, todo el tiempo. Solo quiero salir de casa para pasar por un kiosco, por un almacén, solo pienso en comer. ¿No me ves flaco?", le contestó mostrándole lo grande que le quedaba el pantalón. "¡Me voy! No me asustan tus amenazas, sería un milagro que supieras prender el horno", y se fue de la casa.

Caminó tres cuadras y pasó por una panadería de esas modernas, las que tienen toda la cocina vidriada a la vista de todos. Entró con la urgencia de dos coche bomba apunto de explotar si no comía algo. Como no había nadie en el mostrador, se mandó para la cocina sin dudar. Agarró lo que veía: unas medialunas, una cremona rellena, tres tortas fritas, y todo se lo mandaba a la boca sin masticar y de repente la vió. Era la panadera, una chica muy simpática, rellenita, con dos tetas grandes como bolas de fraile sobre estimuladas con levadura. Tenía una red en la cabeza que le sostenía su largo pelo colorado. Tenía las manos blancas de la harina, el delantal manchado con huevo, chocolate, salsa de frambuesa. Él la miró con tantas ganas, que no le importó la vidriera, se sacó la remera, se soltó el cinturón, los pantalones cayeron sin esfuerzos y con el churro erecto se le acercó a la panadera. Su hambre se había vuelto deseo sexual. Un apetito lujurioso que jamás había sentido por nadie.  Silvita lo vio venir y se le hizo agua la boca. Cuando se le acercó, le desató el delantal, la enmantecó con besos y caricias y le saboreó el azúcar de su piel. Sabía que de ahí no se iría hasta quedar pipón pero Silvita se encargó de que los dos quedaran empachados. Salsa blanca.

jueves, 10 de mayo de 2012

Todo de a dos (Fascículo 2)

Tres botellas de tinto vacías sobre el desayunador. Vinazos de cuarenta pesos para arriba. Parece que alguien tiene mucha plata o al menos quiere impresionar a otro alguien. La puerta de la heladera estaba mal cerrada, el cajón de las verduras estaba salido y hacia tope.

 Juan compraba verduras de a dos dos unidades y del mismo modo las consumía. Era un toc que argumentaba con: "la verdura si está de a una se pudre más rápido". Tenía dos tomates, dos hinojos, dos morrones, dos manzanas, dos naranjas y una zanahoria.

Desde la heladera hasta el otro lado del desayunador, donde estaba el comedor, había un senderito de prendas cual miguitas de Hansel y Gretel.  Una media, una remera, una camisa, un corpiño, otra media, una pollera, una bombacha, un desfile de ropa sin cuerpos arrojados en el piso jugando a las estatuas.

Se ve un pie. Debajo del desayunador había un pie y una pierna. Una pierna con su pie que subía hasta la cadera de una mujer. La otra pierna estaba abierta, cruzando la orilla. Entre pierna y pierna una cabeza.

 El piso de pinotea era original del siglo dieciocho, pero a ¡quién le importa! ¡Hay un hombre con la cabeza entre las piernas de una mujer! La mujer era delgada y muy larga, sus piernas eran casi infinitas. Juan estaba zambullido en ese cuerpo como buscando más vino.  Eloisa estaba estirada sobre la pinotea del siglo dieciocho viajando con su mente de orgasmo en orgasmo, escalando grititos, maullidos que terminaban en desmayos. Recuperaba la conciencia y sus ojos orbitaban placeres hasta que volvían a cerrarse. Con sus manos se acariciaba su propia cabellera, a veces la intercalaba y acariciaba los rulos Juan, presionando su cara contra ella, quizás así él pudiera llegar más profundo.

Juan no tenía un cuerpo tan perfecto como ella, hacía años que no pisaba un gimnasio y ser arquero del papi no cuenta como hacer deporte, pero era encantador y tenía unas manos tan grandes como sus pies y, obviamente, su poronga. Calzaba cincuenta... de todo.

No habían cenado, solo tomaron vinos.  Sin embargo en el piso había un pelador. Juan se agarraba fuerte a los muslos de Eloisa para encajarla en su boca, y entre sus dedos había unas tiras muy finas de cáscara de zanahoria. Cada vez que ella se movía aparecían por debajo de su cuerpo más y más cáscaras. La mandíbula de Juan masticaba con furia el sexo ajeno. Crujía.

Eloisa empezó a vibrar, más y más. Juan estiró sus brazos para agarrarle el corazón que intentaba escapar. Con sus dos manos se aseguró de manosearle bien el alma y sus respiración. Mientras tanto masticaba cada vez más rápido, engullendo un amor de la forma más bucólica. Eloisa convulsionaba en éxtasis y Juan con la boca llena de zanahoria, dio ese mordisco final. Salsa Blanca.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Duro como el mármol - (Fascículo 1)

La cocina nueva. Laura estaba encantada con el mármol que había elegido para la mesada. Era importado, carísimo. Cuando lo compró se imaginó cuánto iba a garchar ahí, tirada como la harina, amasada como la pizza, repulgada como a una tarta. Entonces se entusiasmó y también encargó el piso en el mismo mármol composé. En su mente iba a coger más que cocinar. A esa mesada le iban a refregar más su culo que el trapo rejilla. Pero obvio que no fue así. La obra era interminable, su marido se lo pasaba en la oficina trabajando con tal de no enfrentar ese caos y desfile de obreros. Para colmo, lo que ya estaba listo se rompía o fallaba.

Eran como las siete de la tarde del martes. Laura intentaba poner un poco de orden y decidió encargarse de los cajones, limpiar lo utensilios y acomodarlos según criterios surrealistas. Es decir, solo Dalí encontraría los cubiertos para poner la mesa, pero ella le encontraba lógica.

El plomero seguía ahí. Quién sabe desde hacía cuánto. Laura estaba entregada a la marea de trabajadores que entraban y salían de su casa. Pero el tipo estaba tirado en el piso, boca arriba, bajo la mesada de mármol. Arreglaba los cañones de la pileta o el triturador de basura o quizás había muerto. Laura estaba aburrida y le entró la curiosidad. ¿Qué carajo estará arreglando? Dejó caer un tenedor al piso y cuando se agachó le echó una mirada. El tipo estaba con una cinta tratando de destapara algo, tenía unos brazos fuertes, marcados. Tenía unos tríceps abultados que hacían juego con sus bíceps. Tenía un torso esbelto, era delgado pero no flacucho. La remera se le había subido y se le veía el ombligo, los abdominales inferiores duros como adoquines y el camino de vello púbico que bajaba hasta perderse en el jean. Eran los 10 cm del cuerpo más eróticos que había visto en ellos últimos siete meses. El tipo no tenía el cuerpo del típico plomero, parecía profesor de gimnasia o bailarín de hiphop. Agarró el tenedor y lo devolvió al cajón. Tomó el repasador, y como haciéndole un mimo a la mesada de mármol le sacó el polvo y al legar al límite de la mesada lo dejó caer sobre el plomero, sobre su bragueta. Sin ponerse ni un poco colorada se arrodilló y agarró el repasador como si se le fuera a escapar. Lo estrujó con una mano y después con la otra. Sintió cómo el repasador empezaba a crecer. Solito, solito como si fuera la alfombra de Aladino, ese trapito levó como un pan que se estaba horneando a fuego lento. De repente una mano sucia, de dedos musculosos y rudos se apareció y estrujó sus manos de costurerita. Fue un suave forcejeo por agarrar el repasador, cuyo dibujo de florcitas se iba desfigurando a medida que la bragueta del plomero iba creciendo y creciendo.  Los botones del jean empezaron a explotar, sino fuera por el repasador que los atajó, alguien hubiera perdido un ojo. Finalmente la tela del pasador cedió y las manos de los dos se alejaron por la vibración. La bragueta explotó como un caño fuera de control.  El plomero se reincorporó, la tomó a Laura de los hombros y la arrojó al piso de mármol virgen. Le subió el vestido y ella sintió el frío tal cual lo imaginó. Él se le subió encima, la miró a la ojos, le mordió el mentón y ella arqueó su espalda. Salsa blanca.

martes, 8 de mayo de 2012

Andá preparando la olla.
















Esta semana empieza la nueva sección: Salsa blanca. Historias calientes que pasan en la cocina.  

jueves, 3 de mayo de 2012

Para qué ir al gym

Como si ver mi culo caer en un estado gelatinoso no fuera una tortura nazi para mi autoestima, los precios de los gimnasios se esmeran en torturar mi economía precaria. Si pagar esas cifras psicóticas garantizara la firmeza eterna de mi cuerpo, te juro que lo pagaría. Pero no. Eso depende de mi fuerza de voluntad, de una genética mitológica o de una cirugía, tan lejos del sendero de mi bienestar que en vano la traigo a colación.

Pero al gimnasio hay que ir y alguno hay que buscar. Antes de elegir el instituto deportivo que moldeará nuestra figura debemos ser honestas y preguntarnos, "en realidad ¿quiero hacer gimnasia o conocer chongos?". Blanqueemos que el gym  es un ambiente muy propicio para el levante de machos alfas que se miden la poronga por cantidad de kilos y repeticiones que son capaces de hacer con la mancuerna.

Y yo te soy honesta, quiero conocer flacos, pero la billetera manda, así que en vez de gastar 270 pesos en un lindo gimnasio cerca del laburo, voy a uno de 150 peshitos en la cuadra siguiente. Y te sigo siendo honesta, porque me agarrás con media botella de tinto encima, el gimnasio barato tiene tipos baratos.  Entonces me encuentro con la desilución diaria de que estoy dele que te dele con la patada de burro al pedo porque ninguno de los swarzeneggers que me rodean completan una dentadura.

Y no sabés la tristeza que me da cuando salgo de mi gym y paso por el de 270 pesos. Me siento un mendigo con la ñata contra el vidrio del restaurante viendo al otro comer. Miro hombres bellos, que dejan las llaves de sus autos caros y iphones en la mesa de entrada, y me imagino que deben tener puestos megagrosos como para mantenerme a mi y a toda mi descendencia.

Pero bueh, si lo miro desde el lado positivo, yo te voy al gym, me ejercito bien ejercitada, con sudor en la frente, el bozo, las axilas, espalda y tetas y me importa un comino mi aspecto de Jane Fonda linyera, porque cuando tenga el culo de nuevo en la nuca voy a conseguirme un Roberto digno que ame por lo que soy: un culo  con firme sentido del humor*.





*Remate sugerido por La Criatura, fiel comentador del blog

martes, 1 de mayo de 2012

Vida del trabajador

-¿De qué trabajás?

- De qué no trabajo deberías preguntarme. Porque todo lo que hago es trabajar. A veces me pagan con plata, a veces con una sonrisa, en algunas ocasiones con una palmada en la espalda, tres veces con una patada en el culo, hay una señora que siempre me paga con un: “¡muchas gracias, nena!”, muchos hijos de putas con puteadas, los chinos me pagan con cambio justo,  hay gente religiosa que me paga con limosnas. Mis jefes me pagan con más trabajo. Me han pagado con secretos y los más graciosos con chistes.  Admito que me pagaron con mi propia moneda.  Con billetes falsos, billetes rotos, billetes escritos, con monedas extranjeras. Cheque en blanco, cheque a un mes, cheque cruzado y travellers cheques. Unas cuántas veces trataron de pagarme con sexo, pero nunca acepté, mirá si me estafaban. Algunos músicos me pagaron con canciones, con comida, los gourmet, los bailarines con coreografías. Los pintores con pinceles. Me pagaron con cosquillas. Los más pedantes, con psicoanálisis. Los racionales, con lógica. Los locos, con plata invisible.  

- (interrupe) Disculpame, no te pregunté cómo te pagan, te pregunte de qué trabajás.

- ¡La vida es un trabajo! ¿No te diste cuenta?

Feliz día a todos, porque hasta amar da trabajo y Roberto se esmera horas extras, hoy tómense el día libre para no hacer nada. NADA.