Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

jueves, 30 de agosto de 2012

Pa ´ adentro y pa ´ fuera


De la boca para afuera somos todas Pamela Anderson. Perras. Las más osadas, experimentadas, descaradas y entregadas. Todas tenemos orgasmos sopranos, de esos que rompen la cristalería de Baccarat que ansiamos heredar de la abuela. Todas conocemos nuestros cuerpos sin pudor y lo aceptamos con madurez y amabilidad.

De la boca para adentro somos unas boludas. Lo hacemos con la luz apagada para que no nos vean las estrías, los granos o la celulitis.  La chupamos rápido como para que Roberto no se queje, pero nos da vergüenza, y qué vamos a andar gritando como locas, ¿para que los vecinos nos escuchen?

¿Por qué será que tenemos un "de la boca para afuera" y "de la boca para adentro" ? ¿Cuándo uniremos lo que pensamos, queremos, sentimos y decimos?

martes, 21 de agosto de 2012

En la salud como en la enfermedad

Te deseo. Te deseo sanamente, pero más enfermamente.

Te deseo cuando tengo fiebre, con este calor que me brota de no sé dónde y me hace delirar. Te deseo con el termómetro debajo de la axila, llena de antibióticos incapaces de matar este deseo. Te deseo cuando tirito, acurrucada debajo de estas cuatro frazadas y pijamas transpirados. Te deseo rodeada de tazas de té con los saquitos fríos y estrujados. Te deseo con la carraspera que termina en un deseo carrasposo. Te deseo entre baños de vapor dibujando corazones en el espejo empañado.

Y cuando estoy sana, te deseo hasta quedar de cama.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La culpa es del culo


Jamás culparía a una minifalda. Jamás. Cuando se la puso pensó en lo lindo que era estrenar ropa, que tenía onda y sí, que le quedaba divina porque resaltaba sus atributos más opulentos.

Pero jamás la culparía. Así como nunca culparía al auto,  ni al arma. Porque las cosas no tienen la culpa. Quizás son resabios de la infancia, de cuando uno se golpeaba con la mesa y mamá decía: “¡mesa mala que golpeaste a mi hijita!”. ¿Qué culpa tiene la mesa si una es la torpe?

Ella salió de su casa, no sé hacia dónde. Eran las siete de la tarde. Caminó dos cuadras hasta la avenida y esperó a que el semáforo le cediera el paso. Un auto a toda velocidad emergió de un horizonte para fugarse por el otro. Pum, pum, pum, pum.

En el tercer disparo, ella gritó “¡Ayyyyy!” y se cayó al piso. ¡La mini recién estrenada, carajo! Tenía un agujero en una nalga y sangre. “¿Me balearon en el culo?”, trató de entender.  De orto no le había entrado en el orto. El susto no impidió que la gente de alrededor se acercara y la ayudara.

“Y claro, mirá la pollerita que llevaba”, escuchó. Ahí supo cómo iba a desarrollarse el resto del cuento. El mismo que atraviesa la que fue violada y  abusada. Algo habrá hecho. Un gesto que insinuaba un deseo de ser ultrajada.  Como si andar en pollera fuera sinónimo de andar con un blanco para apuntar con un arma, un juego de kermesse. Seguirían más prejuicios luego de que a la pregunta: “¿a qué te dedicás?” del policía libidinoso le siguiera un “Bailarina de comparsa”.  En la sala de espera fueron llegando más víctimas de estos locos armados jugando a los vaqueros desde su auto. Pero fueron recibidos con más seriedad, ya que el balazo lo habían recibido en el ojo o en la mandíbula. Ellas no recibieron comentarios como: “Con ese culo, más que un balazo, le descargo toda la metralleta”.

¿Qué le quedaba por hacer? ¿Tendría que usar pollera larga hasta los tobillos o jogging por el resto de la eternidad para no tentar al cazador impulsivo de mujeres?

Con la bala en un frasco en la mesita de luz, se levantó de la cama, abrió su placar y eligió un catsuit azul metalizado que le calzaba  como un guante, divino. Así de despampanante abrió un cajón que tenía bajo llave y sacó un arma. Salió de su casa, llegó a la avenida y empezó a disparar hombres. Total, hay que estar loca para usar un catsuit azul metalizado con este frío. 

miércoles, 8 de agosto de 2012

El GRAN O


Porque cada una lo siente a su modo, hoy lo celebramos todas.

martes, 7 de agosto de 2012

¿Dónde está, Doctor?



Descartes dijo que el alma estaba en la glándula pineal.

Y pienso, dónde estará el amor. ¿En una glándula o en el corazón? ¿Dónde?

Hay noches que pienso que el amor está en el cerebro junto al orgasmo, en el hemisferio derecho. Enredado por ahí. Naciendo de los chispazos de las neuronas haciendo su sinapsis.  Otras noches creo que el amor es una emoción, como el miedo o la culpa y es producto de la psiquis. 

Quizás sea como la fiebre, una respuesta adaptativa que ayuda al cuerpo a combatir la soledad. Cuando nos sentimos muy solos, sube el amor y nos enamoramos del primero que pasa.

O quizás sea como un moretón. Y el amor es una micro hemorragia interna que aparece como resultado del golpe de la belleza del otro.

Sea como sea, el amor es algo que está en nosotros y de repente se despierta, se manifiesta y uno medio que no sabe qué hacer, si tomar un Ibupirac para que se pase o salir en pelotas con este frío para que no se vaya nunca.

jueves, 2 de agosto de 2012

El riesgo de ser Eco-friendly


Tengo una amiga que es ecologista desde hace muchos años, cuando no todos conocíamos bien qué implicaba ese término, sobre todo cómo nos afectaba en los hechos cotidianos. Vamos al caso, el doble tacho de  basura.

Hace 7 años atrás, mi amiga tenía dos tachos de basura. Mi lectura sobre el hecho: tira muchas cosas y necesita dos cestos porque le da fiaca andar sacando todo el tiempo la bolsita afuera. Pero en realidad, en un tacho tiraba lo orgánico y en el otro lo inorgánico. Luego, lo orgánico lo tiraba en un pozo en su jardín para armar un compost, que luego usaría en su huerta para darle más nutrientes a la tierra y tener una mejor cosecha. Pero yo no sabía nada de todo esto.

Un día fui a su casa a almorzar y necesitaba ir al toilette para remplazar el sistema de contención fluvial, llamado tampón.  Noto que no existe en el recinto un pequeño tachito, por ende envuelvo el apósito bien, pero bien envuelto en papel  y lo llevo a la cocina, donde recordaba haber visto, no uno, sino dos tachos de basura, y ahí tiré el paquete. Sin saber si era en el tacho correcto o no. Adivinen. Como después me tocó hacer las ensaladas, todas las sobras las tiré en el mismo recipiente cubriendo el apósito con lechugas machucadas, cáscara de palta, de pepino, de zanahoria,  sin dejar rastros a la vista del  intruso.

Por ende, imagino que todo eso fue a parar ¡al compost!  y para peor, ¡a la huerta!

Durante los meses siguientes, luego de haberme enterado para qué servían los dos tachos, tuve que convivir con el conocimiento de que cada vez que comíamos ensaladas provenientes de su huerta, estábamos también, comiendo un poquito de mi ser.