Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Desnuda

No te doy la espalda. Te estoy dando mi mejor parte.





lunes, 19 de noviembre de 2012

La espera es solitaria

Hay un cuento que se termina solo. Es un libro que sale de su estante, se posa sobre el apoyabrazos del sillón, se abre y se lee a sí mismo. Se moja la punta los dedos para pasarse de hoja. Una por una sin saltearse ninguna y se halaga por lo bien escrito que está.  Se devora sin pausas porque le resulta una historia apasionante.  Se emociona y se angustia  porque le  llega el final inevitable. Se cierra, se acaricia la tapa con cierta melancolía y vuelve a su lugar: a la biblioteca de libros que nunca leíste y que esperan a que lleguen las vacaciones  para que lo elijas y lo llevés a la playa.


lunes, 12 de noviembre de 2012

El verdulero que no tira fruta

Siempre creí en el beso como entrada al amor. ¿Ingenua? Prefiero decir pelotuda.  En los boliches me seducían con el más simple y burdo chamuyo y yo caía en su trampa como quien mete las patas el mar cuando camina por la orilla. Inevitable.  Creía en la magia del beso.  Pensaba que  Roberto sentiría mis labios y  a través de ellos mi alma. La fantasía de creer que se puede conocer de golpe a un ser humano por el micro segundo en que sus labios chocan con los tuyos. Recuerdo una vez, un beso delicioso. Amé a ese Roberto durante semanas, lo perseguía incansablemente y solo porque el trago que él  había tomado me había dejado rico sabor en la lengua.  Mi ecuación descerebrada era: besa rico gusto= hombre bueno=excelente novio/esposo


Después dejé de creer en los besos como sinónimo de “encantamiento hasta que la muerte nos separe”, y adopté una nueva: “Coger es la entrada al amor”. ¡Brillante! Esta sí que no fallaría. Pensaba que Roberto se daría cuenta que no soy de las minas que son para coger y listo. Pensaba que el hecho de que yo cogiera en la primera cita sin resistencias tendría otro significado conmigo. Siempre me sentí especial, ¿vistess?  No hace falta que les cuente cómo me fue. Pueden leer todo el blog para darse cuenta de que esta creencia tampoco me funcionó. Por eso, cuando ayer entré a la verdulería y leí este mensaje en los duraznos, me enternecí. Me sentí un durazno más en esa caja. Ellos eran yo. Yo, ellos. Su desesperación, su entrega absoluta por el otro (sin importar quién era ese otro).  El pedir a gritos, ¡no me dejes machucada o mordida, hijo de puta! Me tocaste, me besaste, me manoseaste, me estampaste, me estrujaste. El hecho de que en esa verdulería pudieran decir en voz alta lo que siempre sentí, me hacía llorar.  "Si me apretás me llevás", ¿me entendés Roberto?



Entonces, hice lo que debía. Me las llevé. A todas.
¡Ahora están todos invitados a tomar daikiris de durazno en casa!

jueves, 1 de noviembre de 2012

El sable del abuelo


Dicen que las últimas palabras de un hombre en su lecho de muerte son reveladoras para quienes quedan en este mundo terrenal. Mi abuelo me contó dos historias, transmitiéndome un mensaje que aún no puedo descifrar y que quizás me lleve toda la vida entender. O no. Quizás un lector con poderes trascendentales me ayude.

La última semana que mi abuelo Toto vino a verme a casa, nos sentamos en el jardín, apoyó su bastón contra la pared y me contó de aquella época en que iba al Liceo Militar, por el año cuarenta. Lo habían dejado de guardia, un fin de semana, ni las moscas pasaban por ahí. Y claro, cualquier pendejo de 17 se embolaría y buscaría algo para hacer. Mi abuelo, el primer Roberto más Jennisima que conocí, vio de lejos una yegua y del otro lado del alambrado, un burro.

La yegua pertenecía a un Sargento y el burro, no sé. Mi abuelo tuvo la ocurrente idea de cruzarlos. Los fue acercando hasta que el burro y la yegua estuvieran tan cerca que pudieran montarse, pero por alguna razón el vigoroso miembro del burro no llegaba a la altura de la “carterita” de la yegua. Entonces, mi abuelo, sacó su espada, el sable de San Martín que llevaban por decoración en su uniforme, y la usó para maniobrar de lejos el porongón del burro y darle la altura hasta que entrara en la vashaina de la yegua ardiente. No va que aparece el Sargento para cabalgar a su yegua y se encuentra con que su animal de pura sangre y estirpe de alta alcurnia estaba siendo montado por un vulgar y parasitario burro.  Mi abuelo fue a parar al calabozo por tres días, por ¡deshonrar el sable de San Martín!

Esta podría ser una anécdota más, sino fuera porque en sus últimos días de conciencia en el sanatorio, me dijera lo siguiente:

“Jennita, no te apures, ni te duermas. Hoy en el amor todo es distinto a mi época. En mi juventud, si conocías a una mujer que ya había sido desvirgada, era casi como si te arrancaran los ojos. Hoy si conocés a una mina que todavía es virgen, algo malo debe tener.” Y ahí vino la enfermera y me echó.

Me quedé pensando, ¿mi abuelo pensará que soy virgen y que necesito un burro que me monte a través del alambrado? ¡Si supiera que estoy más perforada que la Patagonia!  A través de estos mensajes, ¿estaría mi abuelo queriendo ser el sable de San Martín, para ayudarme a dar el pasito para entregar mi “telita” y relinchar como la yegua del Sargento?