Todo eso que nos hace sentir jennísimos: las insurrecciones que enrulan el mechón lacié, el puctum, lo desprolijo, lo desubicado, el ello, el imaginario radical, lo ridículo, lo inocultable, la falla, lo que nos esforzamos por ocultar pero que se ve a la legua como un elefante dorado. Bienvenidos al blog de Jennísima.

jueves, 1 de noviembre de 2012

El sable del abuelo


Dicen que las últimas palabras de un hombre en su lecho de muerte son reveladoras para quienes quedan en este mundo terrenal. Mi abuelo me contó dos historias, transmitiéndome un mensaje que aún no puedo descifrar y que quizás me lleve toda la vida entender. O no. Quizás un lector con poderes trascendentales me ayude.

La última semana que mi abuelo Toto vino a verme a casa, nos sentamos en el jardín, apoyó su bastón contra la pared y me contó de aquella época en que iba al Liceo Militar, por el año cuarenta. Lo habían dejado de guardia, un fin de semana, ni las moscas pasaban por ahí. Y claro, cualquier pendejo de 17 se embolaría y buscaría algo para hacer. Mi abuelo, el primer Roberto más Jennisima que conocí, vio de lejos una yegua y del otro lado del alambrado, un burro.

La yegua pertenecía a un Sargento y el burro, no sé. Mi abuelo tuvo la ocurrente idea de cruzarlos. Los fue acercando hasta que el burro y la yegua estuvieran tan cerca que pudieran montarse, pero por alguna razón el vigoroso miembro del burro no llegaba a la altura de la “carterita” de la yegua. Entonces, mi abuelo, sacó su espada, el sable de San Martín que llevaban por decoración en su uniforme, y la usó para maniobrar de lejos el porongón del burro y darle la altura hasta que entrara en la vashaina de la yegua ardiente. No va que aparece el Sargento para cabalgar a su yegua y se encuentra con que su animal de pura sangre y estirpe de alta alcurnia estaba siendo montado por un vulgar y parasitario burro.  Mi abuelo fue a parar al calabozo por tres días, por ¡deshonrar el sable de San Martín!

Esta podría ser una anécdota más, sino fuera porque en sus últimos días de conciencia en el sanatorio, me dijera lo siguiente:

“Jennita, no te apures, ni te duermas. Hoy en el amor todo es distinto a mi época. En mi juventud, si conocías a una mujer que ya había sido desvirgada, era casi como si te arrancaran los ojos. Hoy si conocés a una mina que todavía es virgen, algo malo debe tener.” Y ahí vino la enfermera y me echó.

Me quedé pensando, ¿mi abuelo pensará que soy virgen y que necesito un burro que me monte a través del alambrado? ¡Si supiera que estoy más perforada que la Patagonia!  A través de estos mensajes, ¿estaría mi abuelo queriendo ser el sable de San Martín, para ayudarme a dar el pasito para entregar mi “telita” y relinchar como la yegua del Sargento?





9 comentarios:

Vale dijo...

Telita, carterita, vashaina, ¡jajaja! ¡cuántos alias!
Capaz que sí, que creyó que no habías entregado.
Calculo que un locólogo te diría que la interpretación es la que hagas vos y bla bla. ¡Pero qué buena onda charlar del tema con él!

Gonzalo Rosado dijo...

Linda anécdota! Ahora, de un burro y una yegua ya sabemos, pero ¿que saldrá de la cruza de Roberto y Jennisima?

Jennifer Amapola Banfrula dijo...

Gonzalo: quizas salga un Gonzalo?

alelé dijo...

El burro era la mascota, eso lo recuerdo muy bien.
No puedo olvidarme del gesto de la levantada(me lloran los ojos!)
Y falto el detalle de que subieron al burro a una tarima porque la caballa era tremendo yeguón...

Jennifer Amapola Banfrula dijo...

aleléee, hjajaj, ciertooo, la tarima!!!

Petera infiel dijo...

En el campo se ve que cuando el caballo se monta a la yegua despues de acabarle adentro le pega una flor de patada y la tira al medio del campo. Te habrá querido decir eso el abuelo que te lo haga Roberto?

Jennifer Amapola Banfrula dijo...

Petera Infiel: naaaa, mi abuelo jamás querria que me lastimaran, más podria ser una buen advertencia

Hugo dijo...

¡Jajajajaja, un capo el señor!

Violeta dijo...

todo lo contrario!! te dijo que podes encontrar el amor!