Mientras dos comisiones del
Congreso planean un viaje a Tierra del Fuego para reclamar la soberanía sobre
Las Malvinas, el príncipe William lustra la punta de su destructor hasta
sacarle el brillo de su zapato, la reina se sirve su quinto gin tonic de la
mañana, los 3000 y pico de malvineses agitan la bandera inglesa defendiendo la
autodeterminación, la RAF le pasa el plumero a la flota pronta a despegar y miles de espectadores van al cine para ver
“La Dama de hierro”, yo hice mis investigaciones.
En 1765, Byron fue el primero en llegar a Las Malvinas
(hubo un francés antes pero no importa) y fundó Port Egmont en una minúscula islita al norte del archipiélago. Ustedes se estarán arrancando la piel
preguntándose quién es Byron, ¿quién? Un gran estratega en batallas territoriales, un
feroz adversario de modales salvajes pero que cuando entra en confianza es una
dulzura, un peluche que se echa panza arriba para que le acaricies la ingle.
Lectores míos, Byron es mi
perro Beagle. De modo que mientras ingleses y
argentinos debaten quiénes son los dueños del archipiélago, les comunico que ya
fueron meadas siglos atrás por Byroncito y que por lo tanto son suyas. Pero como un perro no puede
hacerse cargo de la administración de esas tierras, me corresponde por ser la
hermana mayor de la dinastía de Banfrula adueñarme de las mismas.
Las Malvinas no son
inglesas, ni argentinas. ¡Las Malvinas son de Jennísima!
Byron, el verdadero colonizador de Las Malvinas.




